mERCEDES DE PABLOS

Periodista

El 'Joven Navarrete'

Aunque era reconocido en su ámbito académico lo cierto es que algunas periodistas de cultura conocimos a Benito Navarrete cuando se hizo cargo de esa muestra deslumbrante que fue El joven Murillo. Nos maravilló y nos contagió, amén de sacarnos algunos prejuicios sobre un pintor tan sobreexpuesto que daba hasta su poco de tirria, al menos una parte de su pintura. Navarrete ya nos enseñó la puntita de todo lo que desconocíamos. Tanto que a partir de aquel momento le bautizamos como el Joven Navarrete, apodo que su buena encarnadura le deja conservar aunque pasen los años.

Luego volvió, y coincidimos él, como director del ICAS, y yo en la oposición en esa corta experiencia municipal que nunca me cansaré de agradecer por lo mucho que aprendí de una ciudad que creía conocer. Algún palito le di, creo recodar, sobre todo al principio por los presupuestos y también por los dineros de aquella, por otro lado muy visitada, muestra de Zurbarán a la que según mi criterio le sobraban ceros y modistos. Sin embargo nunca fue un adversario, podríamos discrepar pero lo sentía, cómo decirlo, en la misma orilla, desde el mismo bando como puede ocurrirle a él sin ir más lejos con el ministro Guirao, que son cuña de la misma madera.

Por eso cuando el actual alcalde, del banco contrario al que había nombrado a Navarrete, contó con él para ese largo año Murillo (Sevilla es tan genial que estira el tiempo poniéndose a Cronos y hasta a Einstein por montera) aplaudí la inteligencia y la falta de sectarismo. Pocos se iban a remangar más que él, pocos embarcarían a tantos como Navarrete y el propio Ayuntamiento han hecho. Doy por seguro que cerrada la última de las actividades de la efemérides Eva Díaz y él dejaron caer una lagrimita de nostalgia. La escritora, periodista y activista cultural, responsable de muchos de los saraos murillescos llegó incluso a calzarse prendas de la época, lo que yo hubiera dado por ver al profesor Navarrete con indumentaria caballeresca del siglo XVII.

A Navarrete le apea de su magno acervo artístico esa otra cualidad que, a tenor de los estereotipos salvajes que a unos premian y a otros castigan, podría ser un hándicap: la naturalidad, la espontaneidad, la pasión. Se le ponen los ojos de niño cuando un proyecto le ilusiona, reacciona sin filtro cuando cree en algo y hasta cuando dice algo que al escuchante, yo misma, no le guste, hay algo en su certeza que te hace dudar de si ese entusiasmo no merecería darle un poco la razón.

No sé si conserva aún el carnet de partido que tuvo ni me importa. O sí, tal vez ese gesto (una vez más la pasión) le honre más aún porque estando como está la carne de militante tan barata y tan sospechosa de prebendas, Navarrete es un tipo, con vida propia incluida la laboral, que es capaz de hacer la cosas sólo por convicción. Vaya peligro.

Hasta ponerle una camisa de croché de la polaca Olek al Cid de El Prado, cuantas subidas de tensión a cuenta de esa bendita osadía.

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