La ciudad y los días

carlos / colón

Juan xxiii: sin sorpresa

HAY santos que necesitan un empujón para llegar a serlo, como si fueran malos estudiantes que precisaran chuletas o enchufes para aprobar raspando. Y hay santos a los que les sobran las chuletas y los enchufes. Y hasta los milagros: su vida fue el milagro. El reconocimiento de los primeros va de arriba abajo: primero los canoniza el Vaticano y después nunca llegan a suscitar una devoción mayoritaria. El reconocimiento de los segundos, en cambio, va de abajo arriba: primero el pueblo fiel los considera santos, diga lo que diga el Vaticano, y después son canonizados. No es infrecuente que su santidad fuera tan evidente ya en vida que cuando se anuncia su canonización se tiene la sensación de ya eran santos.

Éste es el caso de Juan XXIII. Que se haya anunciado su canonización no es ninguna sorpresa. Ningún creyente, salvo tal vez algún integrista despistado, alberga la menor duda de que fue un santo en vida y lo sigue siendo medio siglo después de su fallecimiento. El Papa bueno, le llamaban; o el párroco del mundo. Porque lo importante en su pontificado pudieron ser la Mater et Magistra (1961), la convocatoria y apertura del Concilio Vaticano II (1962) o la Pacem in terris (1963); pero lo decisivo fue su talante comprensivo y dialogante, su fe humanizada, su sincera, directa y sencilla forma de amar a los demás; y la naturalidad con que la expresaba a través de gestos concretos y cotidianos. Por decirlo sólo con dos palabras: su fe y su bondad.

Juan XXIII creía en Dios y actuaba en consecuencia. No por un planteamiento racional, aunque no tenía un pelo de tonto y había sido un habilísimo diplomático, sino por un impulso amoroso de todo su ser. Amó al mundo y fue amado por él. Se ganó a los cristianos y a los no creyentes, a condición de que tuvieran un corazón limpio. El anticlerical, marxista gramsciano y ateo Pier Paolo Pasolini le dedicó El Evangelio según Mateo -la mejor película sobre Cristo de la historia del cine- con estas conmovedoras palabras: "Esta película está dedicada a la querida, alegre, familiar memoria de Juan XXIII". Como además de cineasta era filólogo, poeta y novelista Pasolini dio con las palabras exactas. Su memoria es un legado querido, alegre y familiar para toda la humanidad.

Ninguna sorpresa hay en que vaya a ser declarado lo que todo el mundo sabía que era. Lo sorprendente es que su canonización se haya producido tan tarde.

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