Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Juvenilismo

HEMOS rebasado ya lo que el poeta llamó el medio del camino y pronto no podremos celebrar, como hemos hecho desde antiguo, a los viejos en tanto que viejos, porque lo razonable es que sean los muchachos los que lo hagan y además no está bonito -o así se entendía antes de la proliferación de los egos autoestimados- aplicarse a elogiar lo propio. Por lo mismo, es a los viejos a los que corresponde entonar la alabanza de los jóvenes, que no necesitan recordarse que lo son -basta con que lo disfruten- ni convertir la edad o la poca edad en un rasgo de orgullo identitario. Sólo los políticos o los moralistas se refieren a ellos como un colectivo al que agasajan con esas frases hechas -sois el futuro, etcétera- que provocan en el oyente no adocenado algo parecido a la vergüenza ajena. El culto a la juventud, tan del gusto de la retórica totalitaria, se ha convertido en uno de los rasgos característicos de nuestra época.

Ha observado una diputada cuarentona -o sea ya pureta, pero todavía joven de acuerdo con los complacientes parámetros actuales- que si sólo votaran los menores de la edad que ella tiene, las cosas les irían mejor a su partido. No era una opinión, precisaba después, sino la mera constatación de un hecho, que no implicaba -parecía sugerir, pero quizá no le disguste la idea- que defendiera la expropiación del sufragio a los ancianos o dudara sobre su capacidad para decidir lo que les conviene. Van un poco sobrados, ya sabemos, como suelen los adanistas. Lo que llama, sin embargo, "escisión en términos generacionales" -los jóvenes empujan, los viejos contienen, a aquellos los mueve el entusiasmo, a estos el escepticismo- responde a una dialéctica inmemorial, indudablemente benéfica para el conjunto de la comunidad, que tiene lugar en todas las sociedades desde que el mundo es mundo.

La sagaz diputada también se ha dado cuenta de que en los pueblos o ciudades por debajo de no sé cuántos habitantes, tal vez aletargados por la modorra provinciana, tampoco los votan todo lo que desearían los suyos. En otras palabras, los catetos y menos aún los catetos viejos, doblemente refractarios, no abundan entre su electorado. Ellas y ellos son jóvenes, urbanos, universitarios, transversales, y están muy por encima de la cerrilidad de las gentes del terruño entre los que por desgracia son mayoría los individuos obtusos, ignorantes, patológicamente conservadores. Cabría considerar la posibilidad de reeducarlos o de recluirlos en reservas, pero tampoco nos sobran los recursos y quizá el gasto -ley de vida- no merezca la pena.

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