ESTE martes jugué a adivinar cuáles de los aspirantes a Masterchef iban a entrar. Y acerté, vaya si acerté. Apenas habían transcurrido unos minutos de la primera entrega, mientras la soberbia postproducción nos iba mostrando a decenas de candidatos, mi ojo fue configurando el equipo masculino de un modo tan certero como Luis San Narciso o Yolanda Serrano completarían el casting de las películas o series llamadas a arrasar.

Llámenle sexto sentido. O facilidad para detectar ese no sé qué tan cotizado en la televisión. Lo que traspasa la pantalla. Lo que diferencia a alguien majo, buena persona y bueno en lo suyo en un crack televisivo. Así, apenas habían discurrido los primeros 15 minutos de las dos horas de programa ya tenía confeccionada mi lista.

Por las pruebas de exteriores se veían a cientos de rostros ilusionados, sonrientes, nerviosos. Pero apenas vi a Kevin sabía que él tenía que estar allí. Después conocimos su origen belga, su experiencia como modelo, su afición al voley. Evidentemente, Kevin estará aguantará entre los fogones hasta el mes de junio, cuando muy pocos candidatos emprendan la recta final. Como también estará el benjamín, Alberto, el estudiante de Medicina de 18 años.

Al cuarto de hora de emisión ya tenía claro que entre los 15 elegidos, de entre los 15.000 aspirantes iniciales, también estaría Fidel, el hombre que ha tenido una vida tan difícil; Carlos, el vendedor ambulante de Toledo; Antonio, el sevillano de los ojos 'jesuscastreños', y Víctor, el malagueño que ganó tantas partidas de póker. Por lo que digo, parece que vivimos con las cartas están marcadas. Por el físico. Por la química. ¿Es injusto? El debate daría para mucho. Sólo puedo añadir que prefiero a este grupo mil veces mil antes que a los que viajarán a Supervivientes para Telecinco.

Fotogenia por fotogenia, éstos además, tan de Masterchef, tienen ángel.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios