EN casa de los Kim daba igual si las cosas iban mal o bien. En verdad, los Kim nunca han sabido lo que está mal o lo que está bien. No puedo describir su casa porque ellos ni se fijan. No sé si la cocina de los Kim queda a mano derecha o izquierda. Entran a la cocina una vez al día, directos al biberón de su hija para rellenarlo con unos polvos que remojan con agua caliente del grifo. No lo lavan. Creo que nunca lo han hervido porque ni reparan en que haya que desinfectarlo. Los Kim van a la cocina una vez al día y tardan en salir lo que el grifo tarda en llenar el bibi. Ojalá pudiera encontrar a la pequeña en su cuna, pero tampoco tengo la certeza de que la pequeña tenga cuna. Los Kim no tuvieron tiempo ni de abrir la puerta a los familiares que pudieran ayudarles. Está tan oscuro tras las ventanas que no sé si la casa está ubicada en una ciudad o aislada en una meseta de Corea del Sur. En la casa no hay hogar. Los Kim no están nunca allí. Pasan casi todo el tiempo en un cibercafé, con los ojos fuera de las órbitas cada vez que les arrastra un videojuego de internet al que están enganchados.

A los Kim los unió una red social. Una de esas plazas virtuales en las que nadie ve ni se conoce. Y como se conocieron sin cara, los Kim no saben vivir en carne. Por eso todos los días van al cibercafé para convivir. Para ellos, el día es un pasillo estrecho y muy largo, con muchas horas que no cuentan. Van por el pasillo del día uno detrás del otro, sin saber a dónde, encarcelados entre los marcos de la pantalla del ordenador.

Al otro lado del pasillo, en la casa que no se sabe dónde está, sigue la bebé. Para ella también pasan las horas. No sé qué ojos tiene, porque los Kim no la han mirado mucho. Tampoco si sonríe a veces. Sí consigo divisar que han tirado el biberón sin agitar a su lado. Su inexistente psicomotricidad le impide llevárselo a la boca. Mientras sus padres discurren por ese largo pasillo al abismo, ella tiene ante sí un piélago atroz. El hambre le revienta el estómago, le arden los intestinos. La grasa de su cuerpo empieza a morderle, el cuerpo roe al cuerpo, lo devora, pero como los Kim están en el cibercafé, como todos los días, no pueden detenerla. La inanición pasó por la cocina y se giró sin coger nada. Luego cruzó la sala hasta localizar los llantos de la bebé encolerizada. La acurrucó en sus brazos para llevársela con ella dejando el biberón frío, sin agitar, entre los trapos sucios.

El pasillo del día estaba oscuro. Los Kim volvieron a casa. Hallaron muerta a su hija. Los Kim huyeron, pero fueron arrestados. En la casa, que no sé si está en una meseta o en la ciudad, donde no sé si luce el día o la oscuridad, no hay hogar. Hay una enfermedad que mata a la gente. La adicción a juegos de internet.

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