¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Lagoh (bonito nombre)

La expulsión de los sevillanos del centro y la proliferación de centros comerciales son fenómenos entrelazados

Los nostálgicos del 92 (son muchos, algunos severos) no suelen recordar que aquel año refundacional, además de la Expo y el Ave, nos dejó la inauguración de Los Arcos, el primer shopping mall que tuvo Sevilla a imagen y semejanza de los que ya llevaban décadas proliferando en EEUU y Europa. Aunque parezca mentira, hubo un momento en que ir a esa horrorosa mole en la embocadura de la A-92 era lo más in que se podía hacer en la ciudad. La novelería duró poco y Los Arcos ha sufrido una historia pautada por crisis mortales y parciales renacimientos que le han permitido sobrevivir como lugar de segunda. Los apocalípticos tocaron sus trompetas y dijeron que este sistema de concentrar tiendas, cines y restauración en un mismo mamotreto era una estocada hasta la bola al comercio tradicional, aunque hubo que esperar a la llegada, décadas después, del turismo masivo, el comercio en internet y el final de la renta antigua para que esta amenaza empezara a materializarse de forma real y dramática. Los Arcos fue la cabeza de puente en Sevilla de esa tendencia global que amalgama ocio y negocio en no-lugares mastodónticos y sin personalidad, con sus hilos musicales obsesivos y sus negocios franquiciados. Ese es su lugar en la historia en una ciudad que, tras nacer en el siglo VIII a. C, ha visto de todo y aún le queda mucho por ver.

La vida pasa y, después de Los Arcos, vinieron otros mall: el triunfante Nervión Plaza, el agonizante Plaza de Armas, el aljarafeño Aire Sur, etc... Precisamente, en los últimos tiempos asistimos a un cierto aumento del furor reproductivo de este modelo de negocio con la reciente apertura del centro comercial de la Torre Pelli y el anuncio de la inauguración, en septiembre, del que irá ubicado en Palmas Altas (una de las zonas de expansión de la ciudad), que llevará el bonito nombre de Lagoh, un claro guiño a paraísos asiáticos de dudosa moralidad. En el horizonte también se otea el inicio de las obras de Sevilla Park, otro megaproyecto de conciertos y tenderetes junto al Puente de las Delicias que, según sus promotores, será "como el Guggenheim de Bilbao" (la modestia y la contención no es el fuerte de este tipo de empresas.). En esta cuaresma luminosa da la sensación de que, en Sevilla, quien no está montando un paso está proyectando un centro comercial. En principio no hay nada que objetar: es inversión, empleo y a nadie le obligan a deprimirse los sábados por la tarde viendo escaparates y comiendo gofres. Pero no deja de ser inquietante que, a medida que se expulsa a los ciudadanos del casco antiguo para que el turismo pueda disfrutar de un escenario de cartón piedra, proliferen estos campos de concentración del consumo periféricos para ex ciudadanos alienados y globalizados. Lo uno no se entiende sin lo otro.

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