La ciudad y los días

Carlos Colón

Lara está de luto

LOS más grandes, por lo general, son los más simpáticos y más sencillos. Y los pequeños, casi sin excepción, los más engreídos y mezquinos. Así me lo ha enseñado la vida. He tenido la suerte de tratar a muchos de los más grandes entre los grandes realizadores y compositores cinematográficos, y les puedo asegurar que son algunas de las mejores y más generosas personas que he tratado. Dulces, amables, cariñosos, como el Nino Rota que le dio a dos estudiantes recién llegados a Roma -mi amigo Félix y yo- las llaves de su ático en Piazza delle Coppelle, fue mi embajador en la corte felliniana y me regaló el Ave María que se cantó en mi boda. Como el Georges Delerue que se desvivió, literalmente, porque contábamos con medios tan reducidos que tenía que ensayar en un sótano del Conservatorio con los anárquicos restos de la Orquesta Bética Sinfónica. Como el David Raksin que, ya anciano, se pasó noches enteras en las oficinas de la Diputación copiando las partituras que un despiste de su amigo Alex North había perdido. Como el propio North, que le regaló a Sevilla el estreno mundial de su partitura de 2001: una odisea del espacio. Como Elmer Bernstein, tan divertido, tan chapliniano, tan cariñoso y que tanto amaba a esta ciudad nuestra. Como Jerry Goldsmith o Ennio Morricone, duros de corazón de oro que tardan en sellar una amistad pero cuando lo hacen es para siempre.

Entre ellos recuerdo estos días con especial emoción a Maurice Jarre, recientemente fallecido, con quien montamos hombro con hombro uno de los conciertos más personales de los extinguidos (más bien asesinados) Encuentros Internacionales de Música de Cine, recuperando sus perdidas partituras para las películas de Franju, sus fanfarrias para los montajes teatrales de Jean Vilar o reconstruyendo como suites las obras maestras que compuso para David Lean. Era arrolladoramente simpático, desahogadamente divertido, extraordinariamente cariñoso. Cuando le dije cuánto le admiraba mi madre fue difícil pararle para que no cogiera un taxi y se plantara inmediatamente en casa; y no se fue sin invitarla a desayunar en su hotel. Guardo como un tesoro una foto de aquella mañana en la que están él, mi madre, Elena -la secretaria de los Encuentros- y mi mujer sosteniendo la portada de mi viejo disco de Lawrence de Arabia, ya cariñosamente dedicada, sobre un barrigón en el que mi hijo Fernando debía estar tan a gusto que no se decidía a nacer.

Adiós Maurice, maestro y amigo. Siempre oiré tu risa cuando te recuerde y te encontraré en tu música, que me acompaña desde hace más de 40 años. Lara está de luto.

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