Visto y Oído

Antonio Sempere

Ligerísima

MÚSICA ligerísima ha devenido en algo así como cara B de Cachitos de hierro y cromo. Música ligerísima se toma completamente en serio aquello que glosa. Cachitos de hierro y cromo lo mira desde la distancia y con cierto aire de displicencia y superioridad. Con Música ligerísima su alma mater, Antonio Moreno, homenajea a todos los profesionales que hicieron posible aquella televisión musical entre 1968 y 1978, desde el Último grito de Iván Zulueta hasta el último de los especiales realizados por Valerio Lazarov. Así lo testimonia una voz en off que no tiene ningún recato en calificar de prodigiosa la realización de tal o cual programa, de un tema o de una canción. Ocurrió, por ejemplo, cuando se refirieron a una de las primeras veces que Raphael cantó Balada triste de trompeta, desenfocado el trompetista mientras cantaba el de Linares, desenfocado el cantante mientras sonaba el solo de trompeta.

Para ilustrar esos mismos pasajes musicales, los de Cachitos de hierro y cromo (fruto del maridaje entre el centro de producción de Sant Cugat del Vallés y los de Radio 3) se bastan con uno de esos rótulos herederos de las Mitomanías de Guillermo Summers e Ignacio Salas, pero dicho sea de paso, con menos gracia. Mientras en Música ligerísima se saborean cada uno de los fragmentos, como si realmente diese pena cortarlos, en Cachitos de hierro y cromo todo va deprisa deprisa con destino a ninguna parte.

De todos modos, curiosamente, la pretendida antología esgrimida por Antonio Moreno tampoco cierra ninguna de las vetas apuntadas. Agrupados en epígrafes, resulta que cada uno de los bloques que configuran cada capítulo se convierten, en realidad, en material susceptible de monográfico al que alguien debería hincar el diente en el futuro. ¿O no merecerían Juan Carlos Calderón, Waldo de los Ríos o Augusto Algueró un programa propio?

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