Paisaje urbano

'Little britain'

Theresa May no deja de ser una política gris de partido llegada al cargo casi de casualidad, sin carisma ni discurso

Los que nos consideramos admiradores de la Gran Bretaña desde aquellos veranos en que nuestros padres nos mandaban allí en aviones de Iberia como Dios manda, andamos ahora un poco perdidos, entre la sorpresa y la decepción, con el rumbo que va tomando la vieja Inglaterra, aquella tierra silenciosa y educada que olía distinto desde que ponías un pie en el aeropuerto de Heathrow, aquel bálsamo de elegancia victoriana tan distinto a nuestras ruidosas formas continentales y mediterráneas.

Leyendo las noticias que nos llegan esta semana desde allí, noqueado el país por los repetidos atentados islamistas y en puertas de unas elecciones a destiempo con posiblemente los peores candidatos de la historia, casi ni recordamos ya las brillantes disputas entre conservadores y laboristas en el viejo palacio de Westminster que nos llamaban la atención comparándolas con la nuestras. Theresa May no deja de ser una política gris de partido llegada al cargo casi de casualidad, sin carisma ni discurso, hasta el punto de dejarse alcanzar por ese Jeremy Corbyn desfasado, anciano y contestón, con esa pinta de viejo rockero rescatado a última hora para tocar los acordes del laborismo más primario tan de moda en el público más joven.

La primera señal de ese declive hay que buscarla en el irresponsable referéndum montado por David Cameron a cuenta de la independencia de Escocia, salvado in extremis sobre la campana, que sin embargo envalentonó al líder conservador para preguntar nuevamente al pueblo, esta vez por el Brexit. La moneda salió cruz, y hoy el país campea como puede su salida atropellada de la Unión, más débil que nunca, con los agitadores haciendo su agosto mientras el brillante alumno de Eton pasea su fracaso por los exuberantes jardines de la Universidad de Oxford.

De aquellos barros, estos lodos de ahora del lamento apocado de un gigante venido a menos, de la triste sensación de que en el fondo no son tan distintos a nosotros como pensábamos. Hasta esa soberbia imperial tan suya del aislacionismo controlado y el poder financiero de la City parece haberse difuminado entre una niebla de desconcierto e incertidumbre. Y si hasta hace poco hubiésemos esperado como respuesta a los atentados la dignidad de aquel "sangre, sudor y lágrimas" de Churchill, hoy hemos de conformarnos con una mala versión de Imagine en la voz televisiva de una mediática cantante de adolescentes.

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