La ciudad y los días

Carlos Colón

Llamadme Ismael (Yebra)

LLAMADME Ismael. Ismael Yebra. Acertaron al ponerle a este médico dermatólogo el nombre que encabeza el colosal  Moby Dick de Herman Melville. No por su ejemplar ejercicio profesional, que tiene ese don de aunar  rigor y cercanía, eficacia y humanidad, que es tan precioso en su vocacional tarea. A Ismael Yebra se le saltan las lágrimas cuando uno de sus pacientes fallece de un mal que nada tiene que ver con su especialidad. Lo sé bien. Porque lo que le conmueve es la pérdida de quien, con el trato, ha entrado en el ámbito de sus afectos. No sé cómo organizará este hombre su agenda, pero siempre que puede se las arregla para pasarse a ver a sus pacientes/amigos  -porque nacen amistades en esa consulta suya en la que siempre suena música clásica- e interesarse por su evolución y darles ánimo cuando están ingresados por alguna dolencia ajena a la dermatología.

Y además ha tenido tiempo para escribir más de media docena de libros, el último de los cuales -Sevilla en clausura, compartiendo cartel su texto con las extraordinarias fotografías "vermeerianas" de Antonio del Junco- les recomendaba hace unos días. Y aquí viene lo de Ismael. Porque no es su ejercicio profesional lo que hace que su nombre le siente tan bien a este ciudadano de la Alfalfa y del mundo, sino su otra pasión, Sevilla, la ballena blanca en cuya persecución tantos capitanes Ahab han perdido el juicio. Ismael Yebra, como el marinero Ismael embarcado en el ballenero Pequod, es un testigo lúcido de la pasión por Sevilla que él también siente, pero de cuya locura tal vez le salvaguarde el rigor de la ciencia. Quién sabe. Podría ser también el doctor Stephen Maturin que comparte travesías con el capitán de mar y de guerra Jack Aubrey.

Les recomendé Sevilla en la clausura por los muchos siglos de belleza que encierra. Pero me quedaba por decirles la mucha Sevilla que también guarda. Navegando tras la ballena blanca de Sevilla, este Ismael nuestro la ha encontrado en los conventos. Esa ciudad que es (o era) mucho más que sus monumentos, cada vez más aislados de la destruida trama urbana que les daba vida; esa ciudad que Romero Murube veía desaparecer en cada patio, cada muro de cal o cada columna perdidas; esa ciudad hecha de detalles, yuxtaposiciones y superposiciones que con el tiempo han encajado como un conjunto en el que lo diverso -en tiempos, materiales y estilos- ha encontrado su armonía… Esa ciudad perdida vive en los conventos, en sus patios y jardines, en sus claustros y estancias. Como si lo más auténtico de Sevilla y su más frágil belleza sólo hubiera podido sobrevivir acogiéndose a sagrado.

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