SI la vida son dos días para qué vas a exprimirte el limón decía la canción. No le falta razón pero, jolín, en estos tiempos de Mr. Wonderful todos tenemos que estar felices por narices. Uno no puede permitirse estar un poco bajo de moral ni un segundo, pronto brotan los mensajes con exaltación del optimismo y chupiguaysdelavida en fotos de Twitter, tazas y agendas. Amigos de moral alta, no estoy loca cuando digo que sentirse un poco triste de vez en cuando es humano y, déjenme mojarme un poco más, hasta sano. Que en algún momento tenemos que pararnos a hacer balance de lo que nos gusta de nuestra vida y lo que no, de nuestras caídas, de los errores, del destino que no podemos controlar o de los golpes más duros. Que nadie me va a convencer de que soy una amargada que ve el vaso medio vacío porque un día simplemente me sienta gris como el cielo en este fin de semana. Que no nacemos para 'vomitar' arcoiris con purpurina por mucho que ahora el hashtag #motivation tenga casi 80 millones de referencias en Instagram.

Sentirse triste, vacío, sin muchas ganas de nada y hasta deprimido es racional y hasta forma parte de la supervivencia. Chenoa, por ejemplo, ha tenido que salir con "su mejor color" poniéndose al mundo por montera esta semana y oye ¿alguien ha pensado que igual no le apetecía? Vaya, será la única mujer del mundo a la que le gusta quedar de enamorada no correspondida hubiera cobra o no. Las emociones no son positivas ni negativas, son emociones sin más y todas necesarias. Cuando la tristeza viene a visitarnos nos alerta de que necesitamos un cambio, que debemos rascar un poco para encontrar una nueva motivación. Luces y sombras, como la propia vida, porque evidentemente pensar lo positivo es infinitamente más agradable que pensar lo negativo pero lo que nadie puede discutir es que lo más sano (y lógico) es pensar de forma realista.

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