Atención: este artículo puede contener trazas de costumbrismo, azahares, palabras que se ponen al filo de la barra o el estribillo, complacencia, verdades consabidas y, sobre todo, lugares comunes. Aun así, allá voy, lanzo mi primera proclama: Sevilla está preciosa en este instante. Así, a saco, a pesar del pesar, el bullangueo, las noches frías, los eslóganes políticos, la usura. Dicho sea además desde más allá de la Puerta de Jerez -hoy pergeño este texto desde un bar del parque Alcosa-. Va la segunda, agárrense: las semanas previas a la Santa son las mejores para vivir la ciudad. Con tal de estar aquí en estos días de soles de evolución, una es capaz de soportar con santa paciencia los estrictos rigores del mes de julio, diciembre arrecida, las sábanas húmedas de enero. Aún se puede pasar por el centro -las sillas amontonadas en la Campana aguardan su momento con impaciencia-, y aún no han llegado todos los visitantes; es tiempo de conciertos, pestiños y libros en flor; de idas y venidas de los vecinos por la calle -el chavea con el último examen, el contable loco por cerrar los impuestos, bacalaos en el súper, uno que traslada a una capilla un exorno indescriptible, otra con la playa asomándole en los ojos-. Al revolver por José Gestoso me encuentro de cara con un vía crucis, como en avanzadilla de lo que está por venir. Todavía no tenemos caracoles. La ciudad está en fase lútea, aguarda esa semana especialísima de la que unos se lamentan, mientras otros la ensalzan con ardor, en esa polarización tan grande y nuestra, que aquí gastamos como en ningún otro sitio la falacia esa de que quien no está conmigo está contra mí. Tercera proclama: la primavera en estos lares es sensualísima, vital, profana, exultante, lo que contrasta -y casi diríamos que potencia- con el momento de luto y contrición que han de cumplir los católicos. La vigilia, si es a base de gambas, potajes y el bacalao de la bodega Mateo, yo la prefiero a la carne. Las calles animadas invitan más que nunca a la vida, a no recogerse nunca, a celebrar cuando podemos. Y va la cuarta: hace años, durante un tiempo, compartí casa con una chica vietnamita. Una noche -a esta altura del año, más o menos- me contó que se había enamorado de un muchacho. Aquello duró lo que tardó en entrar el verano. Entonces descubrió -y me confesó- que de lo que se había enamorado en realidad fue de la ciudad en primavera, del ambiente, las calles, el momento, no de aquel chico. La entendí perfectamente.

Hoy rompo una lanza por los lugares comunes de Sevilla. Cuando digo lugares comunes no me refiero a los tópicos triviales, sino a las calles de esta ciudad, sobre todo en estas fechas. Quiero que no sean sólo lugar de tránsito y turisteo, ni extensión de intereses económicos, ni sitios susceptibles de privatizar, sino esto otro que aún resiste: lugares del común, espacios de convivencia, puntos de encuentro. Eso es, en definitiva, lo que hace todavía únicas estas aceras.

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