Cuchillo sin filo

francisco Correal

'Lusitania'

NO lo podía evitar. Sentado en una tumbona de la playa de Punta del Moral cada vez que interrumpía la lectura y miraba al frente sólo veía escotillas de submarinos alemanes, aunque en realidad se trataba del velamen de los pesqueros que rendían viaje en el espigón que separa Ayamonte de Isla Cristina. Si miraba hacia atrás, en dirección a ese edificio abigarrado que mi hijo llama el hotel Molón, no veía más que alemanes, nacionalidad mayoritaria de los veraneantes en esta época del año.

Lo de los submarinos tiene su explicación. Por mi cumpleaños recibí de regalo un libro de Erik Larson titulado Lusitania. El día que apagué las 58 velas de la tarta de mi vida se cumplían cien años del hundimiento del Lusitania. El trasatlántico más lujoso botado hasta entonces había zarpado el 1 de mayo del puerto de Nueva York con destino a Liverpool con casi dos mil personas (1.265 pasajeros) y fue hundido frente a las costas de Irlanda por un torpedo lanzado desde el U-20. La víspera de zarpar, el capitán del Lusitania, William Thomas Turner, declaró ante un bufete de abogados que atendía las demandas presentadas por familiares del hundimiento del Titanic.

El capitán Turner tenía los 58 años que yo acababa de cumplir en el centenario del hundimiento; el capitán Walter Schwieger, la máxima autoridad en el submarino alemán, tenía sólo 32, los que yo tenía cuando me casé con la chica que a mi lado, en la otra tumbona, leía la última novela de José Luis Rodríguez del Corral. Lo de las hamacas es un género literario: casi todos las que las ocupaban estaban leyendo algo. Alguno se dormía, ignorante del título de Rodríguez del Corral: Sólo amanece si estás despierto.

Un submarino es muy literario. El primer libro que me regalaron, apenas tenía tres años, fue Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. En Ayamonte hay una calle que se llama Lusitania, como el lujoso barco de la compañía Cunard. Figuraba un español entre los pasajeros, donde eran mayoría los 945 de nacionalidad británica. De los 189 norteamericanos figuraba un librero de Boston que llevaba en el equipaje ediciones de bibliófilo de Dickens y Tackeray. En viajes precedentes, algunos pasajeros se quejaban del ruido que hacían las mecanógrafas. Más les valdría haber viajado en el submarino. Llevaban a bordo una orquesta con violín, acordeón y mandolina.

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