la ciudad y los días

Carlos Colón

Macarena en Regina

TUVO que ser este año, Esperanza, precisamente este año y no otro. Tuvo que ser este año de tan honda ausencia el que llenaras con tu presencia. Tuvo que ser este año de tanta tiniebla el que alumbraras las habitaciones tanto tiempo oscuras, abrieras el cierro y las ventanas tanto tiempo cerradas, llenaras los balcones tanto tiempo vacíos. De todo aquel mundo mío sólo tú quedas, Esperanza, divina garante de que todo lo que ha vivido vive para siempre.

Derribaron el mercado que nunca debió derribarse. Quedó vacío el piso durante cuarenta años, fantasmalmente anudada a la barandilla del balcón la persiana verde que quedó a medio subir cuando los míos lo dejaron. 14.600 días se alumbró cada amanecer y se oscureció cada anochecer la habitación muerta. 40 mañanas de Viernes Santo estuvo vacío el cierro desde el que te veía. Y al final hasta dejaste de pasar bajo él, mientras crecía el monstruo en la Encarnación. Ausencia sobre ausencia.

Te oían pasar a lo lejos los balcones cerrados, eco de Centuria y del Carmen de Salteras cuando ibas de Laraña a Imagen como olvidada de tu mercado. Porque tuyo y de los tuyos era el viejo mercado de la Encarnación, trozo de calle Feria y de Resolana trasplantado al centro de Sevilla, que pocos puestos había que tú no presidieras en perfiles de puros blancos y negros de Haretón o en retablitos enrejados que guardaban estampas coloreadas en las que la corona, las mariquillas, los bordados y los anillos de las manos tenían brillos de purpurina. Y volvía después el largo silencio a las habitaciones vacías mientras te ibas hacia San Pedro buscando la estrechez de Santa Ángela de la Cruz.

Pero este año, precisamente este año y no otro, no habrá silencio ni ausencias. Volverás a pasar, Esperanza, por donde pasabas siempre. Allí donde se abría la puerta Norte del viejo mercado. Y todo revivirá a tu paso. Volverán a abrirse ventanas y puertas, a alumbrarse escaparates, a llenarse balcones, a descorrerse visillos detrás de las ventanas. Y desde esas otras ventanas abiertas de par en par a la eternidad que son tus ojos, nos mirarán los bienaventurados.

Cuando dejes el ensanche de Regina para enfilar Alcázares será como si hubieras atravesado mi propio corazón; como si hubieras pasado por los ensanches, las calles y los callejones de mi memoria; como si sintiera el calor de unos brazos sosteniéndome mientras pasas por donde este año, después de tanto tiempo, vuelves a pasar aliviando penas, curando heridas, colmando vacíos, convirtiendo en presencias las ausencias, enjugando lágrimas, prometiendo eternidades, llenando los ojos de luz y el corazón de esperanza.

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