La ventana

Luis Carlos Peris

Madrugada canicular en la Alameda

ESTABAN los árboles como pintados, como objetos inanimados, y ellos reflejaban fielmente cómo venía la madrugada de San Lorenzo. Siempre tuvo este día el sello de la calor insufrible, de ser cuando los mercurios más vuelan en busca de lo insoportable. La Alameda sí era Alameda así que las manecillas del reloj del tiempo iban a la caza y captura de este día con fama tan bien ganada. Y allí, cerca de la galería de monumentos en que se homenajea al flamenco y al toreo, se iban las horas sin sentir. Estábamos acercándonos a la alta madrugada y aún quedaba gente combatiendo ese problema de la barrera del insomnio que en los días señalaítos de la canícula se hace problemón ineludible. Y fluía la conversación, y los árboles seguían inertes, y la Alameda continuaba mostrando su mejor cara para la convivencia, pero, caramba, con qué mal gusto la rediseñaron.

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