La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La Magdalena disecada

Lo que había era una caca tras la destrucción franquista. Ahora hay una caca seca, otra plaza disecada, gris y plana

El franquismo le dio el estoconazo (según la RAE: "Estocada completa y certera más eficaz que artística"). Estoconazo es la palabra justa porque aquello fue tan artísticamente desastroso como mortalmente eficaz desde los primeros grandes derribos de 1956 (antiguo colegio de San Hermenegildo, claustro del convento de San Pablo, Imagen) hasta los perpetrados en los 70. Tras un breve ensueño de indulto en la Transición (los años de Víctor Pérez Escolano al frente de urbanismo, de 1979 a 1983), en los que pareció que le sacaban a Sevilla el pañuelo naranja y que, devuelta a los corrales del conservacionismo progresista de sello boloñés, la ciudad, aunque gravemente herida, podría conservar algo de lo que a través de las superposiciones obradas por el tiempo la hacía reconocible y amable para los suyos, vino la puntilla andalucista. Lo que en estos últimos años se ha hecho -desde Monteseirín a Espadas- es llevársela al desolladero, descuartizarla y sobre todo despellejarla para después someterla a la taxidermia de los nuevos pavimentos, dándole una apariencia de vida para gusto y consumo de los turistas.

Es curioso como en los mandatos de Monteseirín y Espadas se ha actuado sobre algunas de las heridas más graves y mortales causadas por el franquismo para, en vez de sanarlas, disecarlas con pellejos grises vendidos como modernidad, sostenibilidad y accesibilidad. Sucedió con la Encarnación -alfa y omega de la destrucción desde 1951 y 1956 a 1973, del derribo de medio mercado y la apertura de Imagen al derribo total del mercado- y ha vuelto a suceder con la Magdalena. Lo iniciado con los derribos del palacio de marqués de Aracena, el Hotel de París, el Hotel Madrid y el caserío de los siglos XVIII y XIX -sobre cuyos solares se construyeron grandes almacenes y bloques de pisos- se ha rematado ahora. Lo que había era una caca (digámoslo así) tras la destrucción franquista. Lo que hay ahora es una caca seca, otra plaza disecada al gusto gris y plano vigente, toda preparada para acoger turistas. Pasé por ella el pasado martes por la mañana cuando, aún sin terminarse las obras, ya se probaba la ubicación de los veladores de un hotel. Esto es lo que hay. Y siga mi consejo: no haga ningún comentario crítico porque se le echará encima el especialista de guardia poniéndolo como los trapos por tener la desfachatez de opinar sin más títulos para hacerlo que el de ciudadano.

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