La ciudad y los días

carlos / colón

Magnífico Nadal

SE puede profesar una admiración boba y hasta fanática hacia las figuras de la música o el deporte. El anglicismo fan es una abreviatura de fanatic. Se entiende que fan, palabra que además de abreviar suaviza la dureza de fanático, designa a quien admira a alguien o es entusiasta de algo. La Real Academia de la Lengua, que tardó lo que suele en incorporar esta palabra, propone un ejemplo de uso en mi opinión erróneo: "Es un fan de la ópera". No creo que se sea fan de la ópera, sino aficionado. Fan parece referirse más a la cultura de masas en cuyo seno nació el fenómeno en los años 20 -el culto a las estrellas de cine- y en los 40 -la histeria desatada por las bandas de swing y Sinatra-.

Pero se puede dar también la admiración inteligente y razonable de determinadas figuras. Una admiración que reconoce en ellas un modelo excelencia, no sólo por los triunfos que logran, sino por lo que representan como ejemplo de la superación personal, el esfuerzo, el sacrificio, la inspiración y la inteligencia. En el ámbito del deporte éste es el caso de Rafael Nadal quien, tras superar con voluntad de hierro una grave lesión de rodilla, ha logrado recuperar el tono que le convirtió en una primera figura mundial y, con él, el trono del Abierto de Estados Unidos, venciendo al formidable Novak Djokovic.

Nadal suscita esa admiración de lo ejemplar que es propia de la virtud. Eso que en su siempre recomendable libro La virtud en la mirada (Pre-Textos, 2002) Aurelio Arteta define como "el sentimiento de alegría que brota a la vista de alguna excelencia moral ajena y suscita en su espectador el deseo de emularla" porque "exhibe las mejores posibilidades humanas, tanto las ya cumplidas por el ser admirable como las que laten en el afecto de su admirador". Según Arteta, que alguien la encarne hace posible la aspiración a la virtud en quien la contempla. Eso le convierte en un estímulo para muchos sin que importe que su ejemplo sea inalcanzable para la mayoría, porque pone en camino hacia la virtud haciendo posible que cada cual alcance las metas que sus circunstancias y condiciones le permitan. Y si no se alcanzan, no importa. Lo importante -recuerden a Machado- es el camino que se hace al andar.

En momentos de grave decaimiento ético y escasa ejemplaridad pública hay que agradecerle a Nadal que nos haga sentirnos parte de un país que alberga también a seres tan magníficos como él.

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