Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

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Magnolios

El magnolio de la Catedral está escuálido, como si todas las noches una cabra se subiera y lo ramonease

Julio Caro Baroja escribía bajo un frondoso magnolio en la casona de Itzea, el caserío que la familia tenía en Vera de Bidaosa . En Sevilla hay varios árboles de esta familia de gran porte, pero posiblemente el más glorioso sea el que crece en uno de los patios del Parlamento andaluz, quién sabe si nutrido por las almas muertas del viejo hospital de las Cinco Llagas. El más escuálido, de hojas pequeñas y desnutrido como si una cabra lo ramonease cada noche, es el de la Catedral, al que el Ayuntamiento le va a echar 18.000 euros en una obra para que no se muera.

El magnolio de la Catedral es un símbolo para todos aquellos que creemos que Sevilla se convierte en una ciudad hostil durante muchos meses del verano a causa de su ubicación geográfica, pero también de la ceguera de urbanistas, arquitectos y regidores municipales. Casi sin árboles fuera de sus jardines, con pavimentos equivocados que retienen la radiación en vez de reflejarla, rodeada de tráficos intensos y amenazada por las estridencias del cambio climático, Sevilla pasa del paraíso primaveral al infierno rojo en unas pocas semanas. El magnolio de la Catedral fue un superviviente de la tala de plátanos de la avenida de la Constitución, a la que siguió la de la fachada principal de San Telmo y el arboricidio de Almirante Lobo.

La urbanidad de una ciudad se mide también en la salud de sus árboles. Como por el estado de sus papeleras. Y durante años en Sevilla han sido machacados, pelados, amputados, cuando no asfixiados en alcorques mínimos o cubiertos de restos de basura. De esto no sólo han sido culpables los responsables municipales, también una ciudadanía incívica a la que molestan más las hojas secas en el suelo que un aire sucio que se cuela por sus ventanas. Claro que hay monumentos públicos al despropósito, el solar infértil de la Feria es uno de ellos, como el cercano parque de la Vega de Triana, que está concebido en buena parte como un aparcamiento temporal para dar cabida a los coches durante esa semana de abril, de ahí sus árboles alineados como si su función fuese la de dar cobijo a los rodados.

Sevilla ha mejorado algo en los últimos años, Juan Espadas proviene de la Consejería de Medio Ambiente y conoce cuál es el problema al que se va a enfrentar su ciudad en pocos años, pero a Sevilla le sigue faltando mucha sombra y mucho verde. La pandemia nos devolvió los paseos por los jardines y el río, la ruta por el Guadalquivir hasta el parque del Alamillo es una delicia casi agreste, entre aquel bosque de naranjos es posible olvidar el ruido de la ciudad. Arriba, el paseo de Juan Carlos I sigue, sin embargo, siendo un desastre.

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