Confabulario

Manuel Gregorio González

L os Magos del o riente

SÓLO en el evangelio de Mateo se menciona a los Sabios del Oriente y a su nocturna adoración del dios niño. Nada sabemos de ellos, salvo su parvo hato de ofrendas: el oro, el incienso y la mirra. Luego, durante el medievo, se fraguará su leyenda -su nombre, su número, su linaje-, hasta darles sepultura en Aquisgrán. Esa misma leyenda es la que surtirá la vasta iconografía del Renacimiento y del Barroco, así como los nacimientos napolitanos que hoy visitamos en cualquier ciudad de España. ¿Quiénes son hoy los Reyes Magos, comenzado el siglo XXI? No, desde luego, los príncipes orientales de ahora mismo, tan alejados de la grandeza y el arbitrio que conocemos por las Mil y una noches que rescató Galland. Quizá, sólo quizá, los políticos y su dificultoso oficio de vender sueños.

Importa saber, en cualquier caso, que Mateo habla de los Sabios del Oriente. Es decir, que aquellos hombres, guiados por una estrella errante, llevaban consigo la astrología sumeria, la sabiduría de Zoroastro, la matemática crecida a orillas del Nilo y del Egeo. Llevaban, en suma, todo el saber de su época para ofrecerlo, en tributo, a un dios párvulo y desprotegido. Ése es el sentido último de los sabios del Oriente: por un lado, la magia, la maravilla, lo inexpresable, que viaja a través de la inmensa noche del desierto; de otra parte, la sabiduría del hombre, sometida al poder de lo divino. Una divinidad, en cualquier caso, tan benéfica e indefensa como los sabios mismos, y contraria, por tanto, a la violenta imaginería del Viejo Testamento.

Cuando esta noche una estrella cruce el cielo de las ciudades, uno quisiera que los nuevos Reyes Magos (pongamos por caso: Mariano Rajoy, Susana Díaz y Ada Colau), vinieran a nuestras vidas como lo que fueron entonces. No como nocturnos oferentes, sino como hombres que cargaron sobre sí la desmesurada carga, el apacible don de la sabiduría. Si aquellos hombres atravesaron la oscuridad de Arabia, si padecieron el sol de Judea, si se estremecieron con el frío de la Arabia Félix, no fue para presentarse como súbditos de una divinidad menor, adherida al numeroso friso de otras divinidades. Fue, ahora lo sabemos, para que el saber se uniera a la bondad, y para que la bondad fuera regida por el juicio. Sólo así se justifica su larga peregrinación sobre una arena hostil y numerosa. No el regalo pueril, no la dócil servidumbre; sino la larga paciencia donde el corazón y la sabiduría se encuentran.

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