La esquina

Mala semilla

CASI seis de cada diez jóvenes españoles disponen de un semen de calidad inferior a la normal, entendiendo por normal la que los médicos consideran apta para procrear. Por este motivo la juventud española puede tardar más de lo habitual en tener hijos o, si hay prisas, verse obligada a acudir a un centro de fertilidad. Todo ello, claro, si quisiera tener hijos, eventualidad que está por ver en muchos casos.

Un instituto de reproducción asistida ha recogido muestras de mil doscientos jóvenes depositadas en sesenta centros distribuidos en las diecisiete comunidades autónomas que integran la España seminal, y sus análisis han concluido que los espermatozoides investigados son de baja calidad en tres indicadores: volumen, movilidad y concentración. Ni son lo suficientemente numerosos, ni se mueven al ritmo preciso ni ofrecen la densidad necesaria. Un desastre. Perdonen la vulgaridad, pero ¡qué mala leche!

Como otros muchos, yo pensaba que que el mal semen se debía a la mala vida. Bueno, a lo que tópicamente se llama mala vida, pero que no debe ser tan mala en realidad cuando tantos la llevan y no se quejan. Creía que el estrés, el alcohol, las drogas y el tabaco estarían en el origen de esa baja calidad. Qué va. Los expertos la achacan más bien a la contaminación industrial y a los disruptores endocrinos o estrogénicos. (No se preocupen, yo tampoco sabía hasta hoy qué son los disruptores endocrinos o estrogénicos). Son sustancias químicas de origen industrial que se acumulan en el tejido grado y actúan como hormonas femeninas, es decir, reducen la masculinidad ya desde el estado fetal. No se trata, pues, de que los jóvenes estresados, fumadores y adictos al botellón vean alterada la formación de sus espermatozoides, sino que reciben una herencia defectuosa de sus madres. Madres que, por supuesto, no tienen la culpa de nada. Sólo que consumen sin querer los dichosos disruptores, que se usan en la elaboración de pesticidas, fertilizantes, plásticos, cosméticos y productos de limpieza. El cordón umbilical hace de transmisor ineludible. Cuando el niño así intoxicado llega a la pubertad sobreviene el problema. Estamos, pues, ante una patología que se incuba tempranamente, cuando el futuro muchacho de mal semen todavía es un embrión, y se manifiesta tarde, cuando ya no tiene remedio.

¿No tiene remedio? Todo tiene remedio, menos lo que ustedes saben. El joven de semen contaminado que quiera tener descendencia debe acudir a un centro de fertilidad, si bien hay otra solución, que aconsejan los médicos: eyacular mucho, solo o en compañía de otros/as, para ir eliminando los espermatozoides muertos. Eso debe ser hasta pecado. O sea, mucho más atractivo.

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