la ciudad y los días

Carlos Colón

Manolita Chen y TVE

VIERNES por la noche. Huyendo del señorito que cuenta con quién se acostó me encuentro en La 2 con un espléndido documental sobre el Teatro Chino de Manolita Chen, digno de I clowns de Federico Fellini. Lo dirige Alberto Esteban, además de conocido productor y supervisor de efectos digitales que ha trabajado con Amenábar, Almodóvar, Aristarain o Milos Forman, autor de premiados cortometrajes (Entre Tanto, Teki) y documentales (Ibernostrum, Alcolea). El conocimiento, aprecio y cariño hacia la cultura popular que demuestra su magnífica película sobre Manolita Chen explica que haya realizado Tauromaquia y Pintura para el Museo Taurino de Madrid y que actualmente esté rodando "El Pipo, un Mundo por Montera".

Mientras 457.000 telespectadores disfrutábamos con este emocionante documental, maravillosamente escrito, documentado, grabado, editado y puesto en música, 2.600.000 conciudadanos se solazaban con las confesiones del señorito. ¿Un fracaso? Muy al contrario: un éxito de la televisión pública. Lo siento por los muchos buenos programas -como este sobre Manolita Chen- que se pierden tantos espectadores. Me alegro porque para esto, aunque sea al precio de perder audiencia a causa de la calidad, pagamos entre todos las cadenas públicas.

Las privadas luchan por la audiencia con las armas que el imparable descenso del nivel educativo medio les permite usar. Criticarlas es injusto: no se le puede pedir a las empresas privadas que se jueguen su dinero haciendo lo que los ministerios de Educación no hacen. Y menos aún que corrijan lo que éstos han estropeado a través de los planes de estudio, desde los colegios e institutos a las universidades, desde la Logse a Bolonia. Sucesivos gobiernos y políticas educativas han creado el público que hace posible, y hasta necesario si se quieren alcanzar grandes audiencias, esta programación. El universo Gandía Shore, vaya, que lidera en TDT rozando el millón de telespectadores.

Lo que no tiene perdón de impuestos es que las cadenas públicas se sumen, con más o menos disimulo, a esta competencia a la baja. Ninguna segunda cadena pública, incluida La 2, debería existir. Porque son las primeras cadenas las que deberían tener esta programación de calidad creativa y altura divulgativa. Es una desvergüenza que las cadenas públicas tengan una segunda cadena cultural o minoritaria. Porque su existencia denuncia el incumplimiento, por parte de la primera, de los fines de la televisión pública. Recuperen en internet esta película sobre el Teatro Chino, además de para su disfrute personal, para que aprecien lo que debería y podría ser la televisión pública.

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