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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Martín Villa

Martín Villa no fue un santo, sino algo mejor, un político inteligente y maquiavélico que trabajó para mejorar y modernizar España

No deja de ser paradójico que Rodolfo Martín Villa, el que antaño fuese bestia negra de la ultraderecha y de las cloacas policiales del franquismo agonizante, se haya convertido en objetivo preferente de la neoizquierda radical española (es decir, Podemos) y de la internacional populista encarnada ahora en la longeva jueza argentina María Servini. Si en España se practicase la vera memoria democrática (no esa ley que intoxica la convivencia política y desfigura la historia) se daría por sabido que Martín Villa, con sus aciertos y equivocaciones, fue una de las piezas fundamentales en la refundación del Estado para traer a nuestro país un auténtico sistema democrático. Pero como no es así, habrá que recordar que, como ministro del Interior entre 1976 y 1979 -una época en el que la violencia política era casi una moda juvenil-, este astuto político, un tanto arribista y cegatón, tuvo que bregar con alguna de las crisis de seguridad y orden público más complicadas que ha vivido España antes del procés. Lo hizo con éxito y, pese a los muertos de derecha e izquierda (la gran mayoría de ellos fueron uniformados asesinados por ETA y los GRAPO), consiguió que la situación no llegase a desmadrarse definitiva y fatalmente, aunque hubo momentos en los que todas las apuestas apuntaban a su fracaso. El mote del que se hizo merecedor, La porra de la Transición (sic), se debe considerar más como un título nobiliario que como un desdoro.

La gestión de Martín Villa dejó varios puntos oscuros, como la chapuza de atentado en Argel para intentar acabar con el líder del independentismo canario, el extravagante, desquiciado y a veces divertido caradura Antonio Cubillo, pero eso no puede empañar un resultado final positivo y decente. No se debe olvidar que todas las biografías de la Transición tienen alguna laguna tenebrosa, empezando por el diputado Alberti y su primera señora, tan reivindicada ahora por los adalides de la "justicia universal". Rodolfo Martín Villa no fue un santo, sino algo mejor, un político inteligente y maquiavélico que trabajó para mejorar y modernizar España. Quizás es esto lo que no le perdonan las nuevas generaciones que ahora lo sientan en el rollo mediático dentro de esa causa general que quieren abrirle a la Transición. A qué extraño complejo edípico responde esta actitud, es algo que desconocemos.

Dijo el otro día Arcadi Espada que lo único que no supieron hacer bien los hombres de la Transición fueron los hijos. A la vista está que muchos de los retoños les salieron tontos, como a los Austrias menores.

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