Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Mayrucha

EN un país aún demasiado tutelado y pacato la gente estaba siempre dispuesta a sorprenderse y a escandalizarse. El Un, dos, tres era entonces atrevido, pero sin sobrepasarse, con una osadía simpática y picarona, como si todos nos fuéramos a ver una revista de los amigos de Lina Morgan. A ojos hispánicos, que apenas habían visto poco más, aquel concurso parecía hecho en Hollywood.

En la primera etapa en color, aunque casi todos los siguiéramos viendo en blanco y negro, se asomaba por la subasta de Kiko Ledgard una rubia locuela que hacía reír con sus insinuaciones picantonas con las que el presentador peruano, padre de familia numerosísima, entraba en juego. Aquella escotada pizpireta, adelantada de La Bombi, se llamaba Mayra Gómez Kemp. Pero eso ya lo supimos cuando relevó a Paca Gabaldón en 625 Líneas, el programa cascabelero que adelantaba la escueta programación de TVE, anteproyecto de todos los programas de zapping.

La loca del Un, dos, tres se convirtió en una presentadora formal, sonriente y que entrevistaba en inglés la mar de bien a los protagonistas de La casa de la pradera, de Raíces o de Yo, Claudio, que aterrizaban en España como si fueran el Papa. Aquella rubia debutó en la pionera televisión cubana junto a la familia Aragón y José Antonio Plaza siguió contando con ella para el maltratatado concurso Ding, Dong, con Pajares, y el infantil Sabadabadá. Mayra daba paso a Horacio Pinchadiscos cuando Chicho Ibáñez Serrador le había echado el ojo de nuevo. Se hizo amiga de la calabaza Ruperta y todas las familias españolas se apretujaban para verla bajar las escaleras dando la mano. Mayrucha-cha-chá era la reina de la tele. Era bonito aquel Un, dos,tres, aunque ahora los recuerdos le dejen una pátina algo rancia. No hubo nada como aquella época. Mayra recibe el merecido premio A Toda Una Vida de los de la Academia. Y hasta aquí puedo leer.

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