DEL revolucionario "prohibido prohibir" a esta sociedad hipermoderna que se dice su heredera media un mundo de libertades cercenadas, de conductas reprimidas, con la sempiterna excusa de nuestro propio e impuesto bien. No hay autoridad que no se sienta en el deber de privarnos de algo, de truncar alguna tradición, a mayor gloria de su supuesta inteligencia innovadora.

Exponentes los hay a cientos. Pero hoy quiero fijarme en tres referidos a las horas de júbilo que agonizan. De entrada, un clásico: cada vez resulta más difícil divertirse en la primera madrugada del año. En Madrid, por ejemplo, miles de restaurantes, salas de fiestas y discotecas del centro se han quedado sin permiso para ampliar el horario de cierre. Sea porque se hallan en la Zona de Protección Acústica Especial (ZPAE) -el 61% de establecimientos de la capital-, sea por múltiples y variados escollos administrativos, a las 2:30 todo quisque a la piltra. Poco importa que se trate de una fecha clave para la economía de estos negocios; menos, que implique un auténtico desaire para los turistas; nada, que con eso se pierdan horas de un trabajo que no sobra. En ocasión tan señalada, a la eminencia de turno se le ha metido en la sesera encamar prontito a sus súbditos.

El segundo no es de aquí, aunque sin duda terminará siéndolo: un buen número de ciudades italianas han prohibido el uso de fuegos artificiales en la Nochevieja. Las razones son tan dispares como insólitas: desde la contaminación ambiental hasta problemas de seguridad, pasando, en la mayoría, por la protección de la salud de los animales. Así, calladitos, no vaya a ser que el chucho se estrese, se saborea mejor la alegría.

El último, rompedor y otra vez madrileño, se va a consumar esta misma tarde: las cabalgatas de Reyes Magos que recorran calles sin vallar no podrán lanzar caramelos. Según los oficiales de la Botella, eso es peligrosísimo, una actividad de alto riesgo que ellos no están dispuestos a validar. Si la memez cotizara en Bolsa, nos saldríamos. Vale que hayan de extremarse las precauciones. Pero la solución jamás puede consistir en defraudar la ilusión de los críos.

A la postre, no sé de qué me asombro. Ya queda menos para que DGT y DGS se igualen históricamente en eficacia represora. A ver lo próximo que se les ocurre. Por complicado que nos parezca su avance en la escala del absurdo, estoy seguro de que -puritanismo y mala baba no les faltan- acabarán lográndolo.

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