EL encuentro con Sergio ¿Qué le cuento del encuentro con Sergio? Me abrió la puerta del piso con estudiada parsimonia, como quien abre la tapadera negra de un piano de cola desde el interior del instrumento, apoyando su brazo en el quicio de la misma manera con que la barra metálica sujeta durante el concierto la boca abierta de charol ante el auditorio. Después de manifestarle entre torpes y jadeantes balbuceos que era yo el que había llamado por el anuncio unas horas antes me dejó pasar a la que iba a ser mi casa penúltima, y fue allí, una vez dentro, cuando pude establecer un asombroso cuadro de semejanzas inaugural que a usted tal vez se le antoje ahora exagerado pero que para mi gusto se quedó entonces y quedará ya para siempre bastante incompleto: los cabellos de Sergio, larguísimos y finos, casi transparentes de puro blancos, eran primos hermanos de las cuerdas del arpa; sus brazos, extremadamente delgados como arcos de violines; sus pies, tan largos y estrechos como los pedales de un órgano, y el conjunto de su cuerpo, aunque le sea difícil la representación mental de la idea, podría definirse como una complicada fusión de violonchelo invertido con flauta de través.

Tenía delante de los ojos a un melómano en el sentido más serio de la palabra, y digo en el sentido serio porque en mi pueblo palabras como ésta se prestan fatalmente a inversiones y desdoblamientos socarrones que las desnudan de sus significados y las convierten en los bufones del diccionario. Los melómanos de mi aldea, y no se me ría ni un pelo, por favor se lo pido, son gentes que antes que amor desmedido por la música profesan una querencia grandiosa por los melones, esos ricos frutos de verano oblongos, dulces y carnosos. Pero es muy probable, y usted lo estará quizá sospechando con toda la razón, que estas impresiones no me llegasen con el primer golpe de vista, y sea más correcto afirmar que fue durante los primeros meses de intensa convivencia con Sergio, después de conocer y sufrir como nadie su pasión por la música, cuando le viese yo rasgos que entresacaba de las portadas de los discos y las revistas especializadas que se acumulaban por todas partes en nuestro piso.

Permítame otro cigarrillo, si no le importa.

... Y fuego, por favor.

Bien, ¿por dónde iba? Ah, eso, el curso, el maldito curso; pues fácilmente lo puede usted imaginar: el curso iba cuesta abajo, sin frenos, como siempre llevé en el fondo los estudios, o quizá peor. De qué forma lamentable las asignaturas se aburrían encerradas y confundidas en la oscuridad de las carpetas, arrumbadas tristemente en cualquier rincón, ahora que me fijo. Y es que Sergio se pasaba el día entero oyendo música, y yo con él, compartiendo insensato su entusiasmo. Durante meses, como el viejo profesor que se aferra al mismo tiempo con cariño y desesperación a su último discípulo, Sergio me estuvo aleccionando para oírlo todo, sin concederme un minuto de respiro, y yo me dejé hacer, atrapado en su red, fascinado. Si todavía algo distinto de la música lograba en verdad hacerme algunas cosquillas en la conciencia eso no era otra cosa que el desnutrido cheque que mandaban desde casa mis pobres viejos, con tantísimo sacrificio además. Ellos le habrán comentado que curso ahora segundo de Exactas, pero yo no tengo más remedio que confesarle que repetía por cuarta vez primero de bachiller cuando la tontería ésta del asesinato; prefiero que mi familia llore a un hijo matemático entre rejas, porque suspirar por un convicto con el bachiller cuatro veces pendiente va a ser demasiado fuerte, más en parte para el viejo, que no tiene el corazón muy católico que se diga. No me mire así, convicto, convicto he dicho. Es algo que tengo perfectamente asumido. Pero no me deje perder el hilo, hombre de dios, que después las costuras se notan por todas partes y eso sí que queda feo, que si de verdad estoy interesado en algo en este momento es en que la grabación le quede por lo menos entretenida, porque para otra cosa no le va a servir, y menos con ese fiscal tan bestia que dice me ha tocado en suerte.

No sé si ya le he comentado que Sergio era una de esas personas todo sensibilidad, profundamente artísticas, y algo rarillo en consecuencia. Parece ser que cuando un hombre siente tanto como él se tiene que ser así sin remedio. Sus formas amaneradas me chocaron bastante al principio, lo confieso, pero en cuatro años de honda convivencia se superan un montón de traumas y prejuicios, querido amigo. Al final amaba tanto a Sergio que si hubiese sido yo algo más moderno estaría engrosando ahora las estadísticas de los grupos de riesgo del sida y no entre estos barrotes, aunque no sé yo qué será peor.

Era tal su pasión por la música, tan arrebatada, que raro era el día que no se regalaba con una sobredosis de jazz, varias posturas de rock y sus buenas líneas de clásica y flamenco. Supongo que tampoco es necesario que le explique que la música que oía Sergio estará hoy escrita con letras de oro en todos los libros que tratan sobre la materia y que huía de la mediocridad como si le diese bocados en los tímpanos mismamente. Para que se haga una idea cabal del carácter de mi compañero de piso no tengo más que decirle que en la puerta de su habitación tenía pinchado un cartel con la frase "Aquí vive un domador..." (que el primer día me puso en guardia, y no porque yo tenga vocación de tigre ni nada por el estilo), un cartel que por la parte de dentro se completaba con otro donde rezaba "... de estrellas". ¿Se puede pedir más coherencia? (Yo no me considero una estrella, pero que Sergio me ha domado está muy claro.) Si no le importa, me gustaría ahora hacerle una confesión muy personal a este respecto, pero, eso sí, con el micrófono cerrado, y que quede este asunto entre nosotros. Quite el aparato, sí, quítelo, quítelo sin miedo.

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