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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Mentiras sin mechar

Viscosa y al mismo tiempo desmenuzable, como un cacho de carne putrefacta que se deshilacha en hebras pringosas. Así es la mentira. Y por más arcadas que provoque la engullimos, y aunque nos haga bola al tragarla seguimos con ella. Platos enteros, raciones para compartir. Pasándonos la fuente de mentiras. Masticándolas ruidosamente. Con voracidad. Hay gula con la mentira. Insaciables. ¿Podemos repetir? Algunos hasta se relamen. Y como en aquellas bacanales, después de un buen atracón se meten los dedos y se vacían vomitando para hacer sitio y proseguir con el festín. ¿De postre? De postre tenemos unos embustes recién hechos para chuparse los dedos.

Para resarcirnos, en la jornada de vigilia y de ayuno -¿o lo dejamos para la próxima de reflexión, antes del domingo de elecciones que se avecina?- podríamos rezar: "Perdónanos nuestros pecados políticos y líbranos de respirar (y de comer) mierda". ¿Serán nuestras plegarias atendidas? Hay que temerse lo peor.

Porque al próximo episodio de ingesta de bazofia fabricada sin miramientos, con la ulterior lista de víctimas y la consiguiente alarma, histeria y paranoia colectiva -todo con un objetivo: confusión al por mayor-, volveremos a las andadas. Esto es: por una parte, lejos de sintonizar y de ir juntos contra la raíz del problema, los gobiernos de turno implicados volverán a acusarse mutuamente de ser el responsable del desaguisado por no haber cumplido con sus obligaciones y lo harán faltando a la verdad si es necesario; y por otra, las huestes de cabronías escondidos en el anonimato de las redes sociales se dedicarán a difundir bulos y a transmitir falacias con la intención de expandir miedo. ¿Miedo? Miedo es poco. Pánico. A las pocas, poquísimas horas, de haberse detectado el brote de listeriosis en Sevilla, y de aquí a Andalucía, España y la Humanidad, ya circulaban whatsapps que pretendían congelar el aliento, poner los ojos en blanco, dar alaridos de terror y aumentar la construcción de búnkeres y refugios en los que la población debería guarecerse previo avituallamiento de productos que no sólo no hubieran sido fabricados por Magrudis, claro, sino que no tuvieran absolutamente nada que ver con el cerdo. Seguro que el móvil de alguno de ustedes fue receptor de grabaciones similares a las que llegaron al mío. En mi caso, se trataba de mujeres -perdonen la cinefilia, pero yo al oírlas les ponía la jeta de Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?- que tremebundamente alertaba del grave peligro, a no comer "nada de cerdo, por favor" y seguraba que "es una pandemia". Y en todos los mensajes se decía que eran expertos sanitarios.

Consta que contra la carne cochambrosa hay tratamiento, pero dar con el antídoto para tanta superchería va a ser el gran descubrimiento del XXI. De Nobel.

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