Visto y oído

Antonio / Sempere

Milagro

COMO comprenderán, no quepo en mí de gozo. Ya ha pasado de ser oficioso a ser oficial: Días de cine pasa a emitirse esta temporada a las nueve y media de la noche. Dicho de otro modo. Cuando Cayetana Guillén Cuervo despida cada una de las ediciones, todavía no serán las once. Y claro, uno no está para estos sustos. Así es que ni el Granjero busca casa, ni Rico al instante ni La batalla de los coros. No hay nada que me haya calado tanto como el nuevo horario de Días de cine, ese que por cierto nos va a sacar los colores. ¿Quién decía que lo veía poca gente por culpa de la hora? Preparados para volver a ser cuatro gatos. Pero bienvenido sea a este nuevo horario. Y que nos dure al menos hasta junio.

Justamente cuando estábamos perdiendo por enésima vez nuestra fe en la televisión pública, cuando nos temíamos lo peor al comprobar cómo había desaparecido de la programación, sin avisar, Cartelera, que fue sustituido los dos últimos sábados por La ruta Quetzal y aún estoy esperando que alguien diga algo, cuando estábamos contando hasta diez antes de estallar, resulta que nos llegan las buenas noticias. Y encima las alegrías no vienen solas. Al alborozo de Días de cine en prime time se suma la satisfacción de saber que este también vuelve Versión española. Con coloquios inéditos, después de nueve semanas de tertulias pregrabadas.

El regreso va a ser sonado. Porque el visitante en el plató no va a ser otro que el salmantino Rodrigo Cortés, ese señor que se merecería un programa para él solito. Aunque nos volviera locos, al menos seríamos un locos cultos, instruidos y sonrientes, prolijos en humor inteligente. La película Concursante es tan abrumadora como su discurso. En su momento la vieron muy pocos. Y no ganó Goyas. Pero puede sorprender a más de uno. Leo Sbaraglia está que se sale.

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