AL final Juan José Millás siempre hace el mismo programa de televisión. El que sabe hacer. El que le interesa hacer. Aquel en el que nos hace testigos privilegiados de un encuentro con una persona interesante. Y digo bien: encuentro, acercamiento, aproximación. Hasta donde pueden llegar las complicidades humanas, hasta donde alcanza la sinceridad cuando la compañía es grata, hasta donde puede llegar un observador nato que goza escuchando, contemplando, escrutando la realidad circundante.

Al final, Juan José Millás siempre realiza el mismo programa. Por más que Canal +, ese rincón privilegiado donde van a parar sus proyectos, le cambie el título, lo lance como un nuevo producto, lo publicite como un formato nunca visto. Es verdad que los programas de Millás tienen algo de nunca visto, y del circense más difícil todavía. Porque habrá algo más osado, en los tiempos que corren, que fomentar el diálogo, que alumbrar ideas, que emplear el medio televisivo para zarandear, cuestionar, interpelar. ¿Habrá algo más insólito que generar preguntas más que ofrecer las respuestas?

Eso es lo que Juan José Millás ha hecho siempre que le han dejado un hueco en la televisión. En El mundo de Millás, aproximándose a las esquinas más atípicas de la realidad, en las recientes conversaciones que, con mesa y mantel de por medio, mantuvo en El día que cambió tu vida con una serie de invitados. El nuevo programa, Conversaciones secretas, salta del plató a la calle. Es un espacio generoso en realización. Una multitud de cámaras del tamaño de un bolígrafo captan el encuentro con un invitado cómplice en varios marcos muy próximos a su biografía. Arrancó con Joaquín Sabina, y no puedo más que aconsejar que lo busquen en alguna redifusión. De nuevo un placer.

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