el prisma

Javier Gómez

Milonga de la Diada andaluza

MÁS de la mitad de la población actual de Andalucía no había nacido el 4 de diciembre de 1977 o era demasiado joven para ser consciente de que estaba viviendo un momento histórico. Dicho histórico sin pretensión alguna de imitar las grandilocuencias con las que se quiere equiparar esa fecha con la toma de la Bastilla, la Declaración de Independencia de EEUU, que tampoco fue para tanto, oiga. A algunos, a pesar de ir en pañales, nos sacaron a las manifestaciones, aunque no recordamos absolutamente nada, por mucho que cada efeméride se nos cuente que allí cerca perdió la vida por una bala asesina un joven de 18 años, el pobre García Caparrós, convertido en mártir y héroe andaluz por su maldita mala suerte. Por eso, cada año a gran parte esa generación de nacidos en la Transición o ya en la democracia nos resulta más chocante tanto golpe en el pecho, tanta nostalgia del pasado y de correr delante de los grises, tanta retórica vacua que aspira a convertir una bonita fecha en una suerte de Diada andaluza. Y especialmente incomprensible resulta escuchar hablar del 4-D a supuestos miembros de esa generación -más por contemporáneos que por compartir inquietudes ni problemas-, como la consejera de Presidencia, Susana Díaz, que tenía 3 añitos ese día pero que, vista su carrera, lo mismo ya ostentaba algún cargo político entonces. No es más que otra prueba de la desconexión total de la clase política con los problemas de la calle. Sí, hace 35 años, un 4 de diciembre, los andaluces hablaron. Pero lo han vuelto a hacer muchas más veces después y ni puñetero caso.

Usar aquel recuerdo para hacer oposición al Gobierno es una más de las manipulaciones que se deben aprender en las escuelas de verano de los partidos, si es que acaso allí se enseña algo. Como a crear problemas donde no los hay para distraer la atención de los verdaderos. Tan cortina de humo es la última idiotez del ministro Wert con el catalán, y así hablamos menos del penúltimo engaño del PP con las pensiones, como ese Pacto por Andalucía lanzado unos días después del fiasco de los ERE. Una componenda de Griñán con sindicatos y empresarios que apesta a uno de esos acuerdos por la concertación social con los que han repartido 128.000 millones de euros desde 1993. De euros, han leído bien. Así cualquiera compra la paz social. Y el paro al 35%. Otro éxito imparable de la Junta. ¿De veras podemos estar tan orgullosos del autogobierno treinta años después? ¿En serio nos damos palmaditas en la espalda por las inversiones acometidas gracias a los fondos de la UE? ¿Nos vamos a quejar del centralismo de Madrid cuando en la región se ha implantado uno aún más férreo? Va siendo hora de admitir alguna responsabilidad en la gestión autonómica. Y de reconocer que ni esto es el sueño que nos cuentan ni existen fórmulas mágicas e indoloras para salir de la crisis. Si en el PSOE hubiera tantos premios Nobel de Economía como parece quizás no estaríamos en este pozo.

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