Rosa María Calaf es un mito. Arremeter contra ella, por tanto, una osadía. Pero daré mi opinión acerca de su lenguaje. Farragoso. Preñado de yuxtapuestas imposibles. Gramaticalmente incorrecto. Y lo que es peor, por momentos, ininteligible. Por lo que el fin (que el mensaje llegue) no justifica los medios (unas construcciones que dan palos a diestro y siniestro a nuestro bienamado castellano).

El blog de Rosa María Calaf la delata. Escribe como habla. Y es imposible encontrar dos líneas seguidas sin erratas en la puntuación. Colocando el adversativo pero embutido entre comas. O mediante locuciones en las que se modifica el orden natural de las palabras. Alterando ese genio natural del lenguaje del que tan bien habla Alex Grijelmo.

Pero volvamos al principio. Al mito. Rosa María Calaf ha demostrado sobradamente que tiene vocación. Que ama su trabajo. Que lo desempeña con pasión. Y que apuesta por el compromiso. Como si de un guiso se tratara, añádase a estos ingredientes un look resultón, tíñase el pelo de rojo, márquese unas mechas, y a vivir. A vivir de rentas. Dando charlas en los Cursos de Verano de la Complutense o la UIMP, por ejemplo. Sostengo que quien sabe escribir bien no puede dejar de hacerlo. Sostengo que el escribir para el medio televisivo o para el radiofónico no puede condicionar, y mucho menos justificar, la escritura incorrecta. La quincalla gramatical. Permítanme un ejemplo, y cada cual tendrá los suyos. Mi ex alumno Xavier Martínez Galiana, 21 años, ahora becario en prácticas. Lleva el Periodismo en las venas. Escribe como Dios. Y ni la radio ni la televisión lo van a deformar. Va a pasar a 4º de Periodismo, pero los esquemas de su discurso narrativo están tan bien asentados que sólo pueden ir mejorando. Será un nuevo Íñigo Herraiz, no lo duden. Retengan el nombre y síganle la pista.

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