La Noria

Carlos Mármol

Monteseirín: alegato de autodefensa

El alcalde decide en la recta final de su mandato iniciar una campaña de propaganda pagada con dinero público para 'vender' una gestión que, lejos de acomodarlo en la historia, lo anula para cualquier responsabilidad política

DECÍA Borges que amenazar a otro con una muerte prematura es un ejercicio tan vano como estéril. La muerte, antes o después, siempre termina presentándose ante la puerta. ¿Qué necesidad hay de apresurarla? Para el argentino, el hecho realmente aterrador consistiría más bien en amedrentrar a alguien prometiéndole la inmortalidad. Una condena eterna a no descansar nunca.

Alfredo Sánchez Monteseirín, al que sólo le quedan meses en la Alcaldía, probablemente sin haber leído al escritor porteño, que mejor le hubiera ido en el convento de haberle dedicado algún tiempo a sus magníficos ensayos, parece haber pensado lo mismo. Lo cual explica que lleve varias semanas amagando por tierra, mar y aire con dejar para la posteridad un señalado epitafio que, al tiempo que póstumo, porque esto ya parece irremediable, se asemeja bastante a aquella célebre sentencia que dejó dicha un jovencísimo Fidel Castro en cierto juicio militar: "La historia me absolverá". Que viene a ser como sostener, en realidad, que el único tribunal facultado para tal ejercicio es el tiempo, no los ciudadanos, que siempre han sido los que sufren la historia.

Para que no queden dudas de su siempre elevado sentido de la prudencia y de la moderación, el regidor ha optado además por encargar con parte del exiguo presupuesto municipal existente tras el naufragio del Parasol de la Encarnación una campaña publicitaria cuyo principal objetivo es dejarnos claro a todos cuál es su visión personal de su propia gestión. Cosa que, por otro lado, no debería extrañar a nadie: ¿qué mejor juez de uno mismo que el propio autor de los hechos, que conoce al detalle los desvelos y los disgustos padecidos para convertir a Sevilla en la estación términi del paraíso?

Quien no sea capaz de comprender la necesidad de defender todo lo hecho (a medias) en estos años es, además de un mezquino, un ciego. El propio alcalde nos lo explica a su manera en su fecundo blog: "Quien quiera verlo mal lo entenderá por donde no es. Lo mismo me da que me da lo mismo. Esta iniciativa es parte irrenunciable de mi obligación"(sic). Dicho queda. La obligación será suya, pero la factura va a ser nuestra: la campaña la vamos a pagar todos los sevillanos. Con ella el primer edil pretende poner en valor (acaso porque no lo tenga o ésta sea una cuestión espinosa y relativa) los cambios que se han producido en Sevilla en los últimos doce años, coincidiendo con su paso por la Alcaldía. El lema es efectista: Sevilla se ve. Y el sermón, como el urbi et orbi de la bendición del Santo Padre, que se repite dos veces cada año, viene precedido de una serie de estelares apariciones en los medios de comunicación (reclamadas, más que concedidas, aunque éste es otro asunto) en las que Monteseirín hace su peculiar análisis de la situación municipal y dibuja cuál debería ser su porvenir en los tiempos inmediatos, como si tal cuestión dependiera exclusivamente de su propia voluntad, más que de la actual dirección de su partido.

El regidor, según su propia confesión, se ve en política "fuera de Sevilla" y en Sevilla "fuera de la política". Con independencia de que ambas cuestiones pudieran ser posibles, que todavía está por ver, la frase tiene un sospechoso tono de misiva tardía a los Reyes Magos, aunque por el momento se desconoce si éstos (que siempre son los padres, no se olvide) han dado ya acuse de recibo de la epístola. El tiempo lo irá diciendo. Sobre todo a partir de mañana, cuando Juan Espadas, el nuevo candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla, se presente en sociedad a tan sólo cuatro meses para las elecciones.

Como el azar es cruel e inmisericorde con los héroes, la casualidad ha hecho que el despliegue de liderazgo de Monteseirín coincida en el tiempo con los últimos datos del paro, que en la provincia han cerrado 2010 con casi 210.000 desempleados, de los que al menos 70.000 son ciudadanos censados en la misma capital en la que el alcalde prometió durante los dos últimos lustros ser capaz de conseguir el pleno empleo. Un sueño que se vino abajo a pesar del afán demostrado por el equipo de gobierno para colocar en la administración municipal a todo tipo de familiares, amigos y afines, que ya se sabe que la gente con criterio y sin filiación conocida tiene el notable peligro de no llegar a darte la razón ni siquiera cuando más lo necesitas. El candidato del PP a la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido, ha tardado muy poco en criticar la contratación de la campaña de autopromoción. Cosa bastante llamativa: como si el PP no utilizara también la publicidad institucional como una de sus principales herramientas políticas. Ni uno ni otro parecen reparar en que hay cosas que no se arreglan con carteles y que para algunos ciudadanos, el día de las elecciones se sabrá exactamente cuántos, ser y parecer siguen siendo cosas muy distintas. Incluso opuestas. Y ya se conoce que los contrarios quizás se atraigan pero no se mezclan.

la incógnita del futuro

El futuro inmediato del alcalde sigue siendo a día de hoy un misterio, aunque es evidente que esta incógnita no es la principal preocupación de Sevilla. Ni siquiera es seguro que sea un problema. Mucho menos un asunto de conversación, salvo en ciertos corrillos. La necesidad del todavía regidor de reivindicarse, que en su entorno se considera un derecho, parece más bien el fruto agrio del incierto porvenir, pues para poder seguir en política, que es lo que en el fondo desea, hay que tener algunos méritos contrastados. Y no hay nada peor que haber pasado doce años en el poder municipal sin haber conseguido ningún logro indiscutible. Situación que invalidaría a cualquiera para seguir ejerciendo responsabilidad pública alguna.

Si se mira hacia atrás, se verá que en realidad Monteseirín no ha hecho otra cosa en los doce años que lleva en la Alcaldía que venderse a sí mismo. Un caso singular de incontinencia política. Durante su lejana etapa de cohabitación con el PA estuvo obsesionado por arrogarse una iniciativa que nunca tuvo del todo al haber cedido, en virtud del pacto de gobierno de 1999, casi el 70% del poder municipal a los andalucistas. Desde 2003, cuando se inició el acuerdo con IU, ha intentado patrimonializar en su provecho una gestión tan bienintencionada como insuficiente con la tesis de ser víctima de los ataques de una Sevilla Eterna que en el fondo no ha sido más que un mero recurso retórico, a la que se ha querido utilizar indistintamente como enemiga, cuando convenía, o como embajadora para fortalecer un perfil institucional que en Plaza Nueva lleva más de una década desaparecido.

No importa, claro. Las contradicciones también las juzga la historia. Monteseirín tiene la extraña convicción de que el mero paso del tiempo provocará una extraña amnesia general en Sevilla. Igual que cree que para cambiar las cosas basta con decirlo, o simularlo, en lugar de hacerlo de forma permanente. Piensa que la historia, como decía Aristóteles de la poesía, contará lo que debió suceder, en lugar de los hechos ciertos. O que la libertad de expresión consiste en hablar de lo que guste, sin admitir lo mismo a los demás, intentando además aniquilar a cualquier posible disidente. Cree incluso que puede reconciliarse con Emilio Carrillo, su ex vicealcalde, al que cerró el camino a la Alcaldía por no secundar su guerra contra la dirección provincial del PSOE de Sevilla, en un hospital. Viniendo de alguien que lleva quince años elaborando listas negras, la cosa tiene mérito. Es cierto que la historia, en el caso de algunos ex alcaldes, acostumbra a ser benigna. Aunque siempre hay excepciones. Tocqueville lo explica: "La historia no es más que una galería de cuadros en la que hay muy pocos originales y demasiadas copias".

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