Visto y oído

Antonio Sempere

Monumento

NO soy partidario de erigir monumentos a nadie ni de rotular calles, avenidas o plazas con nombres de personas. A poco que rasques, y tenemos ocasión de hacerlo con nuestros coetáneos, detrás de cualquier ser humano, incluso de los más reputados, existen sombras.

Dicho esto, y puesto que se siguen erigiendo monumentos, y bautizando todos los días nombres de calles, plazas, rotondas, y hasta centros escolares y universitarios, qué disparate, con nombres de personas, me permito reclamar un homenaje, en la forma que proceda, a ese profesional llamado Fran Llorente.

No es broma. Disto mucho de celebrarse el día de los Inocentes y juro que no he ingerido ninguna sustancia sospechosa antes de escribir estas líneas más allá del café con leche. Pero estoy en disposición de afirmar, con todo conocimiento de causa, que la información periodística televisiva atraviesa unos momentos deplorables. Que un día tras otro, desde hace años, el noble oficio de informar ha sido sustituido por otro perverso cuando se da gato por liebre, como es el de entretener. Y entreteniendo, que es gerundio, cadenas, editores, redactores y consejos de administración se han acostumbrado a mirar hacia otra parte y a encogerse de hombros en pro del negocio.

Desde el primer día que decidí informarme con él, hace de esto quince veranos, no me ha fallado. Primero presentaba y editaba, después sólo editaba, y desde hace cinco años Fran Llorente es el responsable del mayor equipo informativo existente en este país. Qué duda cabe que todo este despliegue humano y técnico, en según qué manos, podría hacer tanto daño como un arma de destrucción masiva. Pero funciona. Funciona con la precisión y fiabilidad de un mecanismo de relojería. También en un 15 de agosto. Valorémoslo como se merece. Y que dure.

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