ERNEST Riveras se marcha de la que ha sido su casa durante 26 años. Abandona TVE para encargarse de comentar la temporada de motos en Movistar TV, un campeonato que ahora pasará a ser de pago. Con su pan se lo coma. Cuando se despidió de sus seguidores en Twitter algunos se atrevieron a abalanzarse a degüello contra la televisión pública, atribuyendo a la cadena todas las culpas del abandono. Cuando, al final, todo se reduce a una cuestión de dinero.

Habrá opiniones para todos los gustos, pero a mí me parece un disparate que un periodista de la trayectoria de Ernest Riveras en la casa madre, santo y seña de la televisión pública, que gozó del privilegio de ser uno de los rostros imprescindibles en Juegos Olímpicos y los campeonatos más relevantes, abandone el barco por el maldito parné. ¿Dónde queda el valor de lo intangible? ¿Dónde la satisfacción de saberse abanderando un canal como Teledeporte, templando y mandando?

Paloma del Río nunca lo haría. Todavía me emociono al leer en su blog desde Sochi, en los que serán sus decimosextos Juegos Olímpicos, que volvería a echar la lagrimita en cuanto escuchase el himno olímpico. Es la voz española de los Juegos, de verano y de invierno. De las gestas, propias y ajenas, de los fracasos y de la especialización. Es una profesional de la casa que sabe que, para lo bueno y para lo malo, las satisfacciones que ésta le reporta no podrán ser vividas en ninguna otra parte.

Ernest Riveras se va con su colección de gafas a otra parte. Quedan en el recuerdo los últimos mundiales de natación y su enorme dispositivo. Haberse convertido en su cara visible es algo que no se paga con dinero. Cualquier joven periodista de Málaga, de Sevilla o de Cádiz soñaría con algo así como lo más grande. Pero todo en la vida es relativo. Y en el negociado de Deportes, donde brillan tantas estrellas, tantos egos y por donde corre tanta pasta, todavía más.

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