julián aguilar garcía

Abogado

Muerte y vida

Un de las realidades innegables de estos meses coronavíricos es que en España han muerto muchos miles personas por esta infección, en cifra establecida por el ¿Gobierno? de manera aparentemente aleatoria. La muerte, como fenómeno inevitable y universalmente democrático, no ha sido solo, estos meses, una desgracia íntima, familiar, concreta, como siempre, sino, además, un fenómeno social novedoso.

En nuestra sociedad occidental y en buena medida opulenta, solemos vivir de espaldas a la muerte. Como si no existiera. Y, claro, la muerte, como Hacienda, se ríe del negacionismo y acaba por llegar. Quizás ahora somos un poco más conscientes. Y frente a esa verdad caben distintos planteamientos.

Uno es el de continuar negando la realidad. Un mecanismo de defensa frecuente, unas ocasiones ingenuo y personal y, otras, inducido de manera interesada (cómo interpretar, si no es desde una lectura de la intención, que no hayamos visto un ataúd español en todos estos meses). Otra aproximación puede ser sutilmente distinta: no tanto negar una realidad, como pretender (es revelador, que en inglés -no en español- "to pretend" signifique fingir) olvidarnos de ella, como si no existiera, viviendo ajetreada, intensa, ruidosamente.

Habrá quien frente a la muerte sufra morbosamente, teniéndola y temiéndola siempre como acechante e inminente. Una patología que impide disfrutar, que anonada, que empequeñece (también lo hacen las esbozadas en los párrafos anteriores).

Se me ocurren otros varios posibles enfoques vitales, conscientes o no, voluntarios o no, frente al fenómeno de la muerte. Los dejaré para otra ocasión. Pero sí quiero aludir a uno más, el último: el de quienes tienen presente la existencia cierta (certus an, incertus quando) de la muerte, de la que no sabemos el momento. Y la usan como un acicate, como un fiel, una referencia frente a la que medir sus acciones o sus intenciones.

Esa actitud puede tener motivaciones distintas: religiosas (temor a un juicio final o voluntad de agradar a un Creador), éticas (sentido del deber, querer dar ejemplo a los hijos), patrióticas (poner un grano de arena para mejorar, modestamente, nuestro país, nuestra ciudad, por grandilocuente que suene), ..., o incluso de mero orgullo personal: si puede que muera dentro de un rato, ¿de verdad que quiero dedicar mis fuerzas y tiempo, escasos o inseguros, a una estupidez banal? ¿No valgo más que eso?

Supongo que hasta esta línea ya no habrá llegado ningún lector (¿ninguno? confío en que no, en que un puñado resista, todavía y siempre, como los irreductibles galos, al aburrimiento), pero por si aún hubiera alguno, sugiero algunas ideas: hacer cosas que aporten y no que resten; alabar a quien lo merezca y no criticar tanto (será difícil, con este ¿Gobierno? y con esta sociedad heteroexigente y autocomplaciente); leer buenos libros, beber buen vino, disfrutar con buenos amigos; contribuir, un poco, con nuestro esfuerzo, a mejorar el presente de nuestro entorno y el futuro que vendrá.

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