Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Muertes

LA tele espectaculariza (permitan el palabro) todo lo que toca y lo llega a convertir en un juguete mundano. El derroche sensorial de los encierros de San Fermín transmite un aire de ficción, de parque temático, que impulsa a muchos a acercarse a Pamplona, sin pasar ya por las páginas de Hemingway, para formar parte de un mito, de un programa de televisión, en una juerga perpetua y viviendo en un reality gigante.

Un estúpido infortunio se llevó por delante la vida de un corredor, tristemente un joven que no era de esos patosos que buscan su meteórico segundo de gloriosa hombría televisiva. Los canales se daban codazos en proclamar primicias, planos y testimonios sobre lo sucedido. Un exceso más. Una lástima, por ejemplo, esas imágenes de una familia destrozada repetidas en un rodillo mientras discurría la tertulia velatorio de Tal cual, en Antena 3.

La 1 y Cuatro emiten los encierros en directo, con mucha parafernalia de minutos y planos, y eso sí, con intención de narrar el asunto con cierto rigor gracias a la presencia de comentaristas navarros. Telecinco los emite en diferido, recomendando a sus espectadores que no tienen por qué madrugar. Y se regodean, claro.

Otra muerte, diferente y a otra escala, la de Michael Jackson, sirve y servirá de espectáculo noticioso durante semanas al mundo entero. El funeral fue una enlutada gala de Oscar con ataúd: Hollywood en su cara de funeraria de lujo, con plañideros de postín y una niña expuesta sin pudor. La retransmisión, de realización casi cinematográfica, no tuvo la trascedencia en índices de audiencia mundial que se preveía, porque tal vez el mismo personaje, fagocitado hasta la náusea, tampoco tiene la repercusión global que se le presupone.

El espectáculo en la tele brilla, estalla y estruja la realidad como una bola de papel.

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