La ciudad y los días

carlos / colón

Mujer con silueta

EN una parada de autobús está sentada una mujer más cerca de la vejez que de la madurez, sesenta y muchos tal vez, quizás setenta y pocos. Nada concreto dice su digna medianía. Ni alta ni baja. Ni atildada ni descuidada. Ni gruesa ni menuda. Sobria y correctamente vestida en tonos oscuros. El pelo canoso y un poco rizado. Una sevillana más. Tal vez de origen modesto por la forma, tan peculiar, con la que sujeta con las dos manos el asa del bolso que sostiene sobre las rodillas. Y por una cierta determinación en la mirada y dignidad en el porte. Tal vez nacida en el centro o en un barrio histórico para vivir, desde los años de la gran diáspora, en uno impersonal y alejado. Las líneas que pasan por esta parada van a Miraflores, a Pío XII, al Polígono Norte o al de San Pablo. Lleva prendida en su abrigo la silueta del Señor.

Viva donde viva esta mujer, allí está eso a lo que algunos llamamos Sevilla. Pertenezca o no a alguna hermandad -y es casi seguro que no pertenece a ninguna- allí donde esté ella está eso a lo que algunos llamamos Semana Santa. Quizá sea una de las mujeres que van tras Él en la Madrugada. Quizá sea una de las que acuden a las sillas de la plaza para verlo salir o entrar. O quizá la distancia y la edad le impidan hacerlo y lo vea a través de la televisión. No importa. Está con Él. Lo seguro es que va a San Lorenzo a verlo los viernes y cada vez que puede. Tal vez venga de allí y esté trasbordando, porque aquí para también un circular que pasa por Torneo. Como seguro es también que tiene un su cartera y en su casa alguna estampa del Señor.

La veo sentada y siento que estoy viendo lo mejor de la Semana Santa, la esencia de la devoción popular -seria, probada, nada milagrera ni supersticiosa- que le da su sentido y redime todas sus culpas. Esta mujer en una parada de autobús, con su silueta del Señor en la solapa, es el mejor pregón posible, el mejor cartel posible, la mejor defensa posible de la Semana Santa. Su presencia impone un silencio y un orden necesarios. Llegó mi autobús. Cuando arrancó la vi perderse entre el tráfico, sentada, alta la cabeza, erguida, con su dorada insignia en la solapa, como si fuera la encarnación de esas oraciones ininterrumpidas, que unos labios comienzan, otros continúan y ningunos cierran, que según Manuel Chaves Nogales Sevilla le reza desde hace generaciones al Señor del Gran Poder.

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