Perviven en nuestro paisaje urbano figuras que ni pintadas por Velázquez o Murillo, que siguen aquí como recién salidas de la pluma de Cervantes o, lo que es lo mismo, del trianero Patio de Monipodio. Sigue habiendo en Sevilla perfiles que son el rostro de la miseria humana, dicho sea sin saña y en su plena acepción. No hablo de marginalidad ni de delincuencia, sino de personas al filo; no hablo sólo de precariedad (que, por supuesto, está en su base), sino de una mentalidad concreta y barroca, que aún inspira los gestos y la vida de algunas personas. Hablo del listo tonto, del buscón -que jamás hallará nada-, el licaón, la lianta, el enreas, de quien se queda con las vueltas o se da por invitada, del "qué sabrás tú de la vida, guapita", de la mangantona casual y perfectamente integrada, la chantajista emocional, el bocas, el merodeador de abastos, el palmero de los señoritos, la comebolsas, el valentón, el que humilla al de abajo y se humilla ante el de arriba, el que le queda el traje propio como si fuera de otro, el que nos quiere vender la moto con palabras baratas y perfumadas. Jamás se abucharan, ni piden de veras perdón, ni dan las gracias. Mienten pero no engañan. Te llevan por el camino más largo, que es el camino más corto. Su disimulo les delata. Algunos de ellos podrán ser pobres, pero jamás humildes. Resultan tan llamativos que solapan y salpican a las personas dignas y honestas que se buscan la vida como pueden. Se creen depredadores, pero son los auténticos depredados. Éstos son los personajes del neorrealismo sevillano. Me dirán que haylos, y sobreviven, también en otros muchos sitios. Ya. Pero aquí forman parte del tipismo, y aún se les ríe la desgracia, como si descendieran de la pata de Rinconete a estas alturas, y con la que está cayendo. Y esto es una triste guasa.

Hablo de ello con crudeza y literal compasión, como tomada de la mano de Azcona o Pasolini. El sustrato de fondo es la mucha hambre de ayer, y la consecuencia, la no poca hambre para mañana. Esta manera de entender la vida tiene los pies muy cortos, pues agota todas las posibilidades de un solo golpe. Quien le baila el agua, por sacarle los cuartos, a la cándida guiri olvida que así sostiene e incluso agranda el abismo que los separa. Cuando se confunde la bendita ligereza con su opuesto, el mamoneo cargante, todo se destiñe. En estas lides, Sevilla ha tenido durante siglos triste fama, extendida de la calle a los despachos, de la que curiosamente algunos se jactan. El cambio de mentalidad y de la forma de hacer, y la amplitud de miras, pueden ser de más provecho para alentar un cambio estructural, que todo el supuesto emprendimiento, la falsa innovación y tanto papel mojado. Mientras tanto, la Sevilla del color especial seguirá siendo un poquito en blanco y negro.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios