La tribuna

antonio Montero Alcaide

Niños pobres y excluidos en Europa

ESAS penosas categorías de la pobreza y la exclusión parecen embargar sólo a los países que no alcanzan el desarrollo, como si Europa, aún con su pujanza debilitada, quedara a salvo de las penurias. Sin embargo, a modo de cura de humildad, una atenta lectura del informe Pobreza infantil y exclusión social en Europa, recientemente publicado por la organización Save the Children, procura, como declara su directora y representante ante la Unión Europea, "inspirar un cambio en la percepción de la pobreza infantil en Europa y generar una conciencia y un reconocimiento crecientes acerca de la escala y el impacto de esta realidad". Bastará con este dato para cerciorarlo: en el año 2012, el último con información disponible, cerca de 27 millones de niños en Europa estaban en riesgo de pobreza o de exclusión social; lo que supone casi el 28% del total de la población menor de 18 años. Así de claros, entonces, el impacto y la escala, que las cifras pueden cansar con el abuso, pero resultan elocuentes con la precisión.

Para establecer la situación de pobreza y exclusión social, la Unión Europea adopta un factor compuesto, el Arope (En Riesgo de Pobreza o Exclusión Social), con tres indicadores: hogares con nivel de ingresos bajo el umbral de la pobreza relativa (inferior al 60% del nivel correspondiente al país); hogares con baja intensidad de empleo (miembros entre 18 y 59 años de edad que trabajan menos del 20% de las horas que podrían hacerlo); y personas en situación de privación material severa que, por no disponer de recursos económicos suficientes, no pueden mantenerse al corriente en el pago de la hipoteca, hacer una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días, o afrontar gastos imprevistos.

Ciertamente, el reparto de esta miseria no es uniforme, ya que los países nórdicos o centroeuropeos reducen significativamente ese porcentaje. Y en otros, como Rumanía y Bulgaria, sube hasta el 52%; esto es, la mitad de la población infantil. Nuestro país supera también la media, porque pobreza y exclusión afectan casi al 34%. Pero la riqueza de los países no aparta el riesgo, porque Italia y Francia, con un Producto Interior Bruto (PIB) destacado (entre 24.000 y 29.000 Euros per cápita), tienen entre una quinta y una tercera parte de su niños en riesgo de pobreza o exclusión social. E Irlanda, con uno de los PIB más altos de Europa (33.000 Euros), tiene el 34% de sus niños en riesgo. Luego una conclusión es palmaria: la riqueza general de un país no beneficia directamente a los más desfavorecidos, salvo que se distribuya a través de los ingresos por trabajo y con transferencias sociales (subsidios, ayudas y planes directamente relacionados con la infancia).

La participación de los padres en el mercado de trabajo pone, como es fácil deducir, una barrera a la pobreza y la exclusión de la infancia, si bien los matices importan porque resulta crucial no sólo participar en el mercado laboral, sino la calidad del empleo en términos tanto de ingresos como de tiempo disponible para apoyar a los hijos. Vuelven a ser los países nórdicos los que corrigen las diferencias de niños en situación de riesgo entre hogares con alta y baja intensidad laboral, mientras que en más de veinte países, incluida España, las diferencias están por encima de los 50 puntos porcentuales. Y nuestro país, además, es uno de los que presenta el mayor porcentaje (29,9%) de población infantil que vive en hogares por debajo del umbral de la pobreza relativa, solo superado por de Rumanía (34,6%). Además de figurar en el vagón de cola de los países que menos reducen el riesgo de pobreza infantil a partir de las transferencias sociales, en el marco de las políticas estatales. Se advierte, como razón, que muchos países incrementaron políticas de estímulo del gasto público en 2008, con los primeros efectos de la crisis, para después reducir gastos y transferencias sociales dirigidas a la infancia.

Ya sólo queda por estimar la crisis y, con ella, la agudización de las situaciones. Entre 2008 y 2012, el número de niños en situación de riesgo y exclusión social en Europa aumentó, cifra grande y redonda, en un millón, pero la mitad de este incremento -esto es, medio millón- lo hizo sólo en un año, entre 2011 y 2012. Y el alcance del dato, aún con su frialdad analítica, nos pone por delante los efectos: reducción de ingresos, deterioro del bienestar y el desarrollo de los niños en sus más diversos ámbitos: nutrición, salud, educación, ocio.

Europa, por tanto, no sólo no queda a salvo de la pobreza y la exclusión infantil, sino que puede estar perdiendo un potencial de crecimiento, desarrollo y equilibrio social cuando casi el 30% de la población infantil sufre privaciones que afectan a sus habilidades cognitivas, sociales y emocionales. Aunque no lo parezca, es así.

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