La tribuna

Lourdes Alcañiz

Obama: 'tsunami' republicano

ERA la crónica de una muerte anunciada, y lo fue. Los republicanos arrasaron en la Cámara Baja en la mayor derrota de un partido en el Congreso desde la Segunda Guerra Mundial. Los demócratas han dicho adiós a 60 escaños por el momento (cuando escribo aún quedan algunos por decidir).

En el Senado los demócratas mantuvieron la mayoría, aunque tras un buen batacazo en el que 6 asientos han cambiado de manos y 3 están por decidir. Y en cuanto a gobernadores, el partido del burrito ha perdido 19 en diferentes estados.

Hace dos años, en las últimas elecciones, los demócratas se congratulaban del mayor resurgimiento liberal desde Jimmy Carter. Pero la alegría no les ha durado ni un ciclo electoral. La clave de estas oleadas para la derecha y para la izquierda está en que tanto los republicanos ahora como los demócratas hace dos años, liderados por Obama, han presentado las elecciones como un referéndum sobre el statu quo. Sí, se habló hasta la saciedad del cambio, y también de la reforma de salud y de la financiera, pero lo que no llegó a oídos del votante es qué era exactamente lo que ese cambio suponía en términos de impuestos, déficits y, sobre todo, de sacrificios personales.

La esperanza de la administración Obama para estas elecciones era que después del verano hubiera habido ya un cierto resurgimiento económico que animara al electorado a seguir dando un voto de confianza a los demócratas. No ha sido así, siguen las vacas flacas, y con ellas, el descontento popular. Así, el mensaje se ha enturbiado y en vez de celebrar los puestos de trabajo creados, han estado repitiendo los que no se han perdido gracias a los paquetes de estímulo. No está igual de agradecido un votante al que finalmente han contratado que uno que sigue en su trabajo sin saber que se lo debe a Obama.

Pero a pesar del tsunami republicano en el Congreso y el temblor en el Senado la sangre no ha llegado totalmente al río. No se trata de Bill Clinton en el año 95 recordando al electorado que la Constitución todavía le daba un papel relevante. Los demócratas retienen el Senado y la Casa Blanca y con ella la capacidad de veto del presidente. Si el presidente se las vio y se las deseó para aprobar su reforma sanitaria con una mayoría demócrata, aquello no fue más que un aperitivo comparado con la que se avecina para su agenda.

No son buenas perspectivas. El cambio en el humor del votante depende ahora mismo fundamentalmente del cambio en su bolsillo. El despegue económico pleno todavía está lejano y las maniobras obstruccionistas en el Congreso no van a ayudar para nada a entrar en la vereda de la recuperación. Que la obstrucción va a adueñarse del Congreso es un hecho, especialmente teniendo en cuenta que una treintena de diputados y senadores ultraconservadores del Tea Party han conseguido hacerse con asientos. Y este es el verdadero problema: el ambiente de crispación política con mucho ruido y pocas nueces. Los republicanos, y especialmente la especie del Tea Party, han ganado no porque tuvieran una sólida alternativa de gobierno, sino porque han conseguido acaparar el descontento popular y esencialmente la impaciencia de los electores ante la falta de cambios económicos. Es un factor a tener en cuenta porque cuatro de cada diez electores en encuestas a la salida de las urnas han expresado su apoyo por los ultraconservadores republicanos.

Sin embargo, cuando el polvo de la batalla se asiente hay varias lecturas que se pueden extraer de estos resultados. Los ganadores no pueden permitirse el lujo de seguir con la obstrucción y la crispación habituales o los votantes les volverán a pasar factura una vez más. Para el presidente y la administración demócrata hay una lección clara y es la necesidad de explicar su visión y sus objetivos para que los entienda el público medio y no dejar que sean otros quienes le den forma y fondo al debate político, como ha ocurrido hasta ahora. En su aparición ante la prensa en el día después de la derrota Obama ha entonado el mea culpa y ha reconocido su desconexión con el ciudadano que lo llevó a dónde está.

Al final, la historia política se escribe sobre mareas económicas. Si el presidente Obama tiene la suerte de que la economía renace cuando está todavía en el despacho oval, posiblemente estará contemplado otros cuatro años en la Casa Blanca (y de esto un presidente como Bill Clinton puede dar buena fe). Si por el contrario la chispa económica tarda más en prender probablemente será el relevo el que será reconocido como el salvador, o salvadora, de la nación.

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