Cuando era niña, tenía la seria sospecha de haber llegado demasiado pronto al mundo, pues aún no lo habían terminado. Todo estaba en obras. Era principios de los 80, y por todos lados había albañiles, volquetes, grúas, palés de ladrillos, yeso. Quizá influyó en esta impresión mía el hecho de que viviéramos en una casa de labor: el polvero familiar de un barrio obrero en plena construcción. Les cuento esto porque, de un largo tiempo a esta parte, he venido recuperando en Sevilla el paisaje sonoro de mi infancia. En este preciso instante, mientras les escribo, entran desde la calle y se cuelan en el artículo golpes de machota, hormigoneras, rasquidos de almocafres, el sonido robótico de una grúa-veleta. A lo largo de la calle habrá más de diez obras. Basta con contar las cubas o acercarse a los almacenes de materiales para hacernos una idea de las reformas que mantienen a Sevilla en íntima metamorfosis, en algunos barrios más que en otros, está claro. Quiero ver en ello un signo de alegría en los bolsillos, a pesar de que nuestra ciudad quede económicamente lejos de las ciudades del norte: los pobres más pobres y los ricos menos ricos de España son nuestros vecinos. El enfriamiento (Pedro Sánchez dixit) de la economía amortiguará el sonido de las zoletas.

Además de las obras particulares, siguen haciéndose en muchos barrios y pueblos colindantes nuevas promociones. Recibimos su propaganda a diario en los buzones. Se trata de núcleos residenciales que nada tienen que ver con la fisonomía y formas de relación propias del lugar donde se insertan, por mucho que en el folleto reconozcan que se ubican en antiguos corrales de vecinos y te juren por su padre que mantienen el espíritu de los mismos (cosa que tampoco sería lo más apetecible; vivir en un corral sevillano del XIX no era agradable ni para los decimonónicos). A lo que voy: las arquitecturas no construyen sólo edificios, también vínculos y relaciones, y me malicio yo que muchas de las actuales desarraigan poco a poco lo que de vivo y amable queda en nuestros barrios. Balcón con balcón, dos vecinas charlan de sus cosas. Son las últimas habitantes de un barrio en extinción. En la obra aneja, los balcones han sido sustituidos (¿por qué la arquitectura moderna odia la forja?) por ventanales gigantes con un faldón de metacrilato. El nuevo vecino no podrá charlar por ahí con las otras. (Además, para ver venir al Cachorro tendrá que echar medio cuerpo fuera). Esto es tan solo un ejemplo. Se acaba de aprobar el nuevo catálogo de edificios protegidos. Me pregunto si se podría también cuidar que los nuevos no hagan imposible el desarrollo del patrimonio inmaterial que son las relaciones y vínculos tan propios de nuestros barrios. Nos va la vida buena en ello.

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