La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ocampo mío y de los míos

Acabaron las tres imágenes de los Ocampo en hermandades de conversos, negros y mulatos

G style="text-transform:uppercase">aspar Pérez Torquemada contrató con Francisco de Ocampo la hechura del Calvario en 1611 para la capilla que poseía en Santa Catalina. Torquemada era apellido de conversos, siendo el más famoso Tomás de Torquemada, el primer Inquisidor General. En 1886 se reorganizó en torno a esta imagen la antigua hermandad de los mulatos.

Descendiente de conversos era Mateo Alemán, el hermano mayor del Silencio que compró el templo en el que hoy reside y redactó las reglas de 1578. Hacia 1611 ya daba culto la hermandad a la imagen de Jesús Nazareno atribuida a Francisco de Ocampo. La cruz de carey y plata fue regalo de los indianos Juan Leonel Gómez de Cervantes y Juan de Cervantes, descendientes de los Cervantes en cuya capilla de Omnium Sanctorum se fundó la Primitiva Hermandad en 1340. Y Cervantes, según el "Tizón de la nobleza española" que denunciaba "las máculas en los más altos linajes", era apellido de converso.

En 1635 los hermanos de los Negritos pudieron permitirse comprar el Cristo de la Fundación al pintor y encarnador Pablo Legot, quien desde el fallecimiento de Andrés de Ocampo en 1623 lo tenía sin lograr venderlo como saldo de deudas con el imaginero.

Y así quedaron los tres Ocampos en hermandades que tenían que ver con conversos o eran de mulatos y negros: casualidades de la historia. Lo que no es casual, sino medular, es que Francisco de Ocampo esculpiera para los primitivos hermanos y para Pérez de Torquemada las dos imágenes de Cristo más paulinas de Sevilla, como si su gubia estuviera guiada por el lema del fariseo converso Pablo de Tarso: "Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo".

El Cristo del Calvario es cuerpo hecho cruz. En su altar Jesús Nazareno abraza su cruz de madera. Pero en la Madrugada, cuando lleva la magníficamente desproporcionada y rica cruz de carey y plata, la exalta. Los dos se funden con ellas como si cuerpo y cruz fueran una sola cosa. La del Calvario está desnuda porque su cuerpo es su gloria y su ornato. La riqueza de la cruz de Jesús Nazareno no es ostentación, sino protestación de fe: su abrazo transforma el leño del tormento en símbolo triunfal.

Para el primitivo nazareno que esto escribe y hoy celebra sus bodas de oro con la Hermandad del Silencio, Calvario y Jesús Nazareno son una única devoción. Así me lo transmitió mi padre. Así espero habérselo transmitido a mis hijos.

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