La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Oficio de tinieblas

Son días tristes, no porque no salgan pasos, sino por tanta muerte y tanto sufrimiento

El único candelabro que debería encenderse estos días en que ninguno se encenderá es el tenebrario. Porque vivimos el Oficio de Tinieblas de un largo Viernes y Sábado Santos. Las reformas litúrgicas del Vaticano II los dejaron en desuso junto a los antiguos oficios y hoy son ornamento museístico, como el fabuloso de la Catedral de Sevilla que diseñó el maestro mayor Hernán Ruiz II y ejecutaron el maestro de rejería Pedro Delgado, el fundidor Bartolomé Morel y el escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo. Se desterraron tras el Concilio demasiados asideros de piedad y demasiados tesoros simbólicos con apresurada alegría y algo de puritanismo.

Tiene este poderoso símbolo quince figuras dispuestas en una estructura triangular que representa la Trinidad. Ante cada una de ellas ardían otras tantas velas representando los once apóstoles, las tres Marías y Cristo rematándolo, con la Virgen María en un óvalo central. Al término del rezo de cada salmo y cada lamentación del Oficio de Tinieblas se iban apagando una a una las velas -todas de cera sin blanquear menos la asociada a Cristo- empezando por las más bajas. La última y más alta, la de Cristo, se dejaba encendida y se trasladaba tras el altar representando la luz del Señor oculta en el sepulcro.

En estos tiempos de tinieblas -los más oscuros que hemos vivido quienes no conocimos la guerra- enciendo este tenebrario de palabras por esas 11.000 vidas apagadas. Que no está la cosa para frikismos cofrades domésticos. Son días tristes, no porque no salgan pasos, sino por tanta muerte y tanto sufrimiento. Días de animarnos unos a otros, pero también de luto.

Les propongo estas palabras de La angustia de una ausencia, la extraordinaria meditación sobre el Sábado Santo de Benedicto XVI: "Cuando pase la tormenta reconoceremos qué absurda era nuestra falta de fe. Y, sin embargo, Señor, no podemos hacer otra cosa que sacudirte a ti, el Dios silencioso y durmiente, y gritarte: ¡despierta! ¿no ves que nos hundimos? Despierta, haz que las tinieblas del sábado santo no sean eternas, envía un rayo de tu luz pascual a nuestros días, ven con nosotros cuando marchemos desesperanzados hacia Emaús, que nuestro corazón arda con tu cercanía… No nos abandones en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la charlatanería de nuestra época. Señor, ayúdanos, porque sin ti pereceríamos".

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