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Oficios de Pepe Serrallé

Su gran lección estriba en haber mezclado sabiamente dos oficios: el de poeta y el de servidor público de la cultura

Un sol inocente, nueva entrega poética de José Daniel M. Serrallé acaba de ser publicada en Renacimiento. No pretenden estas líneas valorar una obra que va a contar, tal como merece, con buenos exégetas. Una disposición, además, ya iniciada por Ignacio Garmendia en las páginas que preceden a los poemas ahí reunidos: un prólogo que funde con delicado tacto el calor de la amistad, las experiencias compartidas y la sabiduría crítica. La intención de estas líneas va, pues, por otro lado. Quieren aprovechar esta salida pública de uno de los oficios de Pepe Serrallé, para elogiar su otro oficio, en el que realiza una labor tan meritoria como la de poeta. En Andalucía, por fortuna, contamos con una rica tribu lírica, que cultiva, más o menos ensimismada, su obra. Es buena señal de vida literaria. Pero de poco serviría (e incluso podría quedarse en un simple intercambio de cromos dentro de la fratría poética) si alguien no asumiera el difícil oficio de llevar sus voces a la calle. En este raro oficio, Pepe Serrallé ejerce un papel modélico. Tal como si el poeta hubiera comprendido que está muy bien producir en la intimidad bellos versos, pero, además, hay que saber quitarse los anillos, aprovechar las posibilidades institucionales, y con sensibilidad y gusto, difundir esos poemas, acercándolos al público.

Cuando se lee Un sol naciente sorprende la discreta forma que Serrallé ha tenido de soslayar durante tanto tiempo, a pesar de la calidad de su obra, su oficio de poeta. Años y años sin buscar ni un ápice de reconocimiento, en mundo tan narcisista. Pero quizás, ha pensado, con modestia, que, en este otro oficio, su función sí resulta indispensable. Porque escribir un buen poema exige esfuerzo y cualidades, pero encauzar y dar vida a la Casa de los Poetas no ha sido una cuestión menor, en una tierra en la que la gestión cultural deriva casi siempre por otros derroteros. A pesar de los condicionantes que impone una plataforma institucional, Serrallé ha sabido transformarla en un organismo vivo, sin entregarse a la tentación del espectáculo repetitivo, previsible y acomodaticio. Sin dejar de ser un centro de acogida de voces poéticas, se ha abierto también a la reflexión y al debate del momento. Asimismo, ha dado sitio a lo local, levantando, a la vez, vuelos y buscando ideas de otros horizontes. Con todo, si bien hay que agradecerle el establecimiento de una nueva luminaria cultural en una Andalucía tan apagada, su gran lección estriba en haber cultivado y mezclado sabiamente dos oficios: el de poeta y el de servidor publico de la cultura.

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