La Noria

Carlos Mármol

Optimismo bajo cero

La jornada de paro general, de seguimiento irregular, coincide esta semana con el anunciado tijeretazo de las inversiones del Gobierno central en Sevilla. Los proyectos clave seguirán pero con respiración asistida

EL cristal del optimismo sigue empañado. Por mucho que se frote no hay manera de aclararlo. Las previsiones de los expertos internacionales auguran, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que pasará al menos un lustro antes de que los niveles de empleo previos a la crisis vuelvan a una situación razonable. Ojalá la cosa dure sólo cinco años.

Como en España solemos llegar a casi todo más bien tarde, en nuestro caso esta fecha se dilatará probablemente más. Y en el caso de Sevilla -en el sur del país; en el sur de sí misma- la cruenta agonía del desempleo, que en realidad jamás dejó de ser un problema estructural de la ciudad, parece que se convertirá en vitalicia en la agenda política y, por desgracia, también en la vida de miles de personas. Ante esta certeza no se vislumbran esperanzas.

La huelga general de esta semana, cuyo seguimiento ha sido irregular -un paro de media jornada; a lo más que pueden llegar las organizaciones sindicales en los tiempos actuales-, evidencia su propia inutilidad. Ni el Gobierno va a cambiar una coma de la reforma laboral -hecha para contentar a los mercados que manejan una deuda qu ya se come el 18% del presupuesto anual, más que el gasto global en pensionistas y funcionarios- ni los grandes sindicatos pueden poner encima de la mesa la prueba de fuerza de otros paros previos. Ya no son capaces de parar el país. A lo sumo, su éxito ha consistido en ralentizarlo. Y para eso, en el agujero en el que estamos, tampoco es que necesitemos mucha ayuda. El tema ahora no es parar, sino arrancar, aunque sea a medio gas.

episodios piqueteros

Buena parte del interés informativo sobre la huelga en Sevilla ha estado condicionado por el lamentable episodio del delegado municipal de Economía y Empleo, Carlos Vázquez (IU), en un piquete intimidatorio. Siendo algo llamativo y condenable, el recorrido del asunto es sin embargo bastante escaso. Enredarse en la contemplación de la falta de sentido común de algunos cargos políticos sólo ilustra los estrechísimos cauces intelectuales por los que discurre el debate de la vida municipal.

Los partidos políticos, que son la base del sistema, deberían estar poniendo encima de la mesa soluciones para atenuar la situación de debacle social y económica en la que nos encontramos. Su agenda, sin embargo, discurre por otros senderos. Los dos grandes -PSOE y PP- están centrados por completo en la cuita de las municipales y el pequeño en disputa -IU- jugando a hacer la revolución en la puerta de un bar que vende serranitos en la calle Alfonso XII. Laus Deo.

No se adivina en el panorama ni una propuesta inteligente que pudiera ser tenida en cuenta para empezar a ver el final del túnel. De la sociedad civil -concepto tan singular como gastado- tampoco brotan ideas. De los bancos no se espera ya financiación. Nadie espera nada de nadie. Sencillamente se lucha por no llegar a caer del todo. Por poder tachar un día más en el calendario sin haber quebrado. Ahora, ésta es la única victoria posible.

En tal contexto, tan amargo, pensar que haciendo una huelga se van a arreglar las cosas resulta ingenuo. Porque ni quien lleva el timón del barco controla ya la nave -Zapatero es una contradicción andante- ni la reforma laboral se ha hecho para crear empleo, sino para facilitar los despidos. En mitad de este caos global resulta posible una cosa y su contraria.

Lo más increíble es que aún no se reconozca la gravedad de la situación. Es la única forma de empezar a arreglarlo: dejar de engañarse. Los políticos prefieren seguir poniendo paños calientes. Un ejemplo evidente lo ha dado esta semana el delegado del Gobierno en Andalucía, Juan José López Garzón, al valorar el reparto de los presupuestos generales del Estado en la región. López Garzón, en su papel de vindicador oficial de las políticas estatales en la comunidad autónoma, resaltó las inversiones portuarias en Sevilla y la gran partida presupuestaria que, a su juicio, corresponderá a Andalucía en las cuentas del Reino para 2011. Hasta ahí, lo lógico.

El problema es que añadió que los presupuestos del próximo año se caracterizan por "ser austeros" toda vez que "tienen que ayudar a cumplir el objetivo de disminuir el déficit público y propiciar el crecimiento de la economía española". Si no hubiera añadido a su frase la última afirmación habría quedado soberbio. Pero lo hizo, probablemente en un abuso de optimismo: relacionar el recorte del déficit con la reactivación de la economía.

Todos los expertos en economía piensan lo contrario. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, acaba de hacer justo lo opuesto. El sentido común dice que cuando existe abundancia hay que optimizar la maquinaria pública para que no gaste más de lo necesario -dejando a la sociedad liderar la economía- y, en tiempos de crisis, en cambio, son necesarios los incentivos para que el motor económico se recupere. Sin ellos es imposible soportar el huracán. En España y en particular en Sevilla se ha hecho lo contrario. Basta ver la salud de las arcas municipales para caer en la cuenta de que la única receta ha sido derrochar en tiempos de abundancia; llorar y lamentarse, sin remedio, en los de escasez.

El recorte en las inversiones estatales -especialmente intenso en el caso de la provincia de Sevilla- deviene, en general, de los graves errores políticos del Gobierno central, que dilapidó el superávit de las arcas comunes con una serie de propuestas electoralistas que, unidas al previsible descenso en la recaudación ordinaria, han llevado la situación al colapso. Que es necesario sanear las finanzas estatales es una obviedad, además de una exigencia de Europa. Pero que esta misma práctica vaya a permitir que la economía se recupere, como sostenía López Garzón, ya no parece tan probable.

las cuentas del reino

Las cuentas del Estado para el próximo año, por otra parte, más que austeras van a a ser criminales. El intenso descenso en la inversión pública de la Administración del Estado, que además de mantener el gasto social debía financiar infraestructuras estratégicas para poder habilitar cuanto antes los espacios productivos metropolitanos con ciertas expectativas reales de futuro, supone del orden de un 35% menos de dinero para Sevilla. Si a esto se le suma el déficit histórico de inversiones de Madrid en la provincia -2.173 millones en la última década- el panorama parece concretarse. Es un ajuste de caballo.

Hasta el PSOE sevillano, que tradicionalmente nunca ha querido admitir en público esta circunstancia -entre otras cosas esta cuestión provocó en su día que Chaves iniciase la operación de defenestración de José Caballos como líder natural de la organización en el ámbito provincial-, va a introducir enmiendas en la tramitación parlamentaria de las cuentas para tratar de corregir determinadas cuestiones. Es lo más que puede hacerse en un momento de líderes ciegos y oídos sordos.

El discurso oficial, mientras tanto, insiste en que los proyectos de Sevilla siguen andando. Que ninguno sufrirá un bloqueo. La realidad de los números es otra: el reparto de los fondos estatales se escalona de forma que en los próximos tres años las obras en marcha -esencialmente la SE-40- caminarán con respiración asistida. Hasta que no llegue 2014 la programación presupuestaria no levantará cabeza. Y eso, si el escenario económico global no es tan negro como ahora. Los políticos, que están en todos sitios, y en todos creen que tienen que decir algo amable, pueden continuar argumentando lo que quieran. La campaña electoral de las municipales no va a servir para recuperar la ilusión. Bendita ingenuidad. El escalón entre la sociedad oficial y el mundo real cada vez es mayor. Y la herida tiene visos de no cicatrizar. Es lo que hay.

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