julián aguilar garcía

Abogado

Optimismo imposible

Desde que la gente frecuenta menos el confesionario, las consultas de los psicólogos y las empresas de adivinas tienen más parroquianos. El ser humano necesita contar sus problemas y sentirse escuchado. Y también a los leguleyos nos corresponde esa labor de oír las preocupaciones de nuestros clientes.

Recientemente tuve dos reuniones consecutivas con sendos clientes con los que, tras hablar del tema concreto que motivó la visita, estuve hablando unos minutos. No sé cómo hacen los sacerdotes para sobrellevar con alegría la vida tras horas de confesionario, horas en las que presumo que nadie les habla de nada esperanzador, ilusionante. A mí esas dos breves charlas me dejaron aún más preocupado de lo que de por mí tiendo a estar últimamente. Que no es poco.

El primero de esos señores vino para que le ayudara a poner fin a la vida de su empresa. Su negocio depende directamente de la confianza de la clientela en el funcionamiento de la economía y en la previsibilidad de sus ingresos futuros. Sus clientes deben poder asumir un gasto relativamente elevado y casi nunca urgente, donde hay opciones más baratas o simplemente la posibilidad de no comprar el producto o servicio. Podría ser un concesionario de coches, una sastrería de calidad, un colegio privado, una joyería o estar en cualquier otro sector que ustedes quieran pensar. Tras varios decenios en el mercado, echaba el cierre. No porque el "coronaleches" le haya obligado a ello, sino porque ahora, aun saliendo ya de ese cierre decretado -y no muy justificado en su extensión temporal y restrictiva, si vemos otros países con mejor resultado y menos confinamiento-, ve que sus clientes están retraídos, dubitativos, prefiriendo guardar para luego hallar. No le merece la pena, como es lógico, echarle un dinero que no le sobra a un negocio que teme no se vaya a recuperar. Percibe que se está propiciando una sociedad cada vez con menos aspiraciones, mediocre, desincentivando el esfuerzo y la iniciativa privada y, por ende, la posibilidad de tener un cierto nivel de desahogo económico. Una sociedad donde él no tendrá clientes.

La segunda, una señora, me confiaba una situación muy distinta, en apariencia. Había ahorrado una cierta cantidad, que pensaba invertir en una casita para alquilarla y asegurarse una renta o para disfrutarla ella como segunda residencia. Lo que quería era que la pusiera en contacto con algún despacho de abogados o notario portugués que yo conociera, porque no se atreve, dice, a invertir en España. Le preocupan la fiscalidad amenazante, el que se penalice tener más de una casa, el que se le pueda meter alguien en esa vivienda mientras esté desocupada y que las autoridades sean más delicadas con los ocupantes de hecho que con ella como propietaria o inversora.

La economía depende de expectativas. Hay que ser optimistas para que los negocios vayan bien. Lo sé y se lo explicaba a estos dos señores. Pero, la verdad, no se me ocurrieron argumentos que contradijeran sus inquietudes.

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