Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Otegi

LOS países generan sus tabúes y sus deformidades ideológicas, surgidos de los hechos históricos que los marcan, sean más o menos veraces o falseados: historiadores, como peritos en general, los hay para todos los gustos. España es para algunos la nación más antigua -y quizá por ello, decadente- de la Europa que nos sirve de referencia. Y eso produce monstruitos a medio camino entre la ética y la estética (el habitual uso connotativo -"yo, de derechas"- de la bandera nacional por parte de algunos, o el rechazo cerval de la misma desde la otra orilla son ejemplo del vicio bipolar). Aquí, por ejemplo, un izquierdista de raíz, o sea, radical, es casi indefectiblemente indulgente con la violencia independentista vasca, y en su juicio, los muertos -que lo son de otras familias, claro- no pesan gran cosa a la hora de valorar las situaciones: siempre se puede señalar con dedo tembloroso de rabia al General o a la Vieja Política, estigmatizada por haber mamado de los pechos de su Dictadura.

El "problema" vasco es en esencia un problema económico (el catalán, también, con insoportable dolor de cuernos, algo que lo hace más descarnado y mal camuflado en el folclor). Resulta ya cansino repetir que el terrorismo de ETA ha sustentado unos privilegios fiscales que han consolidado otros previos -industriales- concedidos por el propio Franco para calmar la tensión del independentismo. Que los casi mil muertos e incontables mutilados y heridos psíquicamente que causó ETA han servido para el trágala de que la región quizá más rica y que con mayor ganancia comercia con el resto del Estado no contribuya al mandato de la redistribución que prescribe nuestra Constitución (y la de todos los países con verdadera Constitución).

Me sorprendió mucho que se criticara a Jordi Évole tan encarnizadamente por darnos la oportunidad de confirmar que Otegi es un canalla que defiende los atentados y asesinatos de su organización, ETA, a los que dio cobertura organizativa y planificación sin apestar sus uñas de pólvora. Que estaba -tan desavisado…- en la playa jugando con sus pequeños mientras mataban otros a Miguel Ángel Blanco. Gracias, periodista Évole, por recordarnos qué tipo de hidra adoran tantos en su país. Y en el de todos, en el que muchos de la izquierda no ven lo tenebroso de ese demiurgo del crimen. (Desde hace meses, el independentismo vasco cae a una quinta parte de su población. No es el momento de bombitas ni de estropear nuestro mobiliario urbano, incomparable al de otras latitudes subdesarrolladas. A hacer caja y a seguir engordando.)

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