PESE a ser el partido más votado en las últimas elecciones generales, el PP parece haber entrado en una crisis de modelo de la que nadie sabe muy bien cómo va salir. En este panorama tienen mucho que ver, evidentemente, las últimas noticias sobre los escándalos en la Comunidad Valenciana y de Bárcenas, que han vuelto a poner en evidencia que la formación de centroderecha, que en el pasado hizo del discurso contra la corrupción una de sus más eficaces bazas electorales contra el PSOE, se encuentra actualmente muy infectada por este virus. Asimismo, el papel de su presidente, Mariano Rajoy, durante las últimas semanas ha dejado mucho que desear. No porque se haya negado a aceptar la propuesta del Rey para su investidura -algo lógico sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de salir elegido- sino porque con su silencio y su pasividad ha asumido el papel de un partido acomplejado y perdedor, dejando cualquier iniciativa política en otras manos y fiando su suerte al fracaso de los demás. Actualmente, da la sensación de que hay siete millones de votos huérfanos en el país. Exactamente, los que sacó el PP.

Nadie le va a negar al Partido Popular su importancia histórica. Ha sido, y es, un partido que durante más de 30 años, hasta la aparición de Ciudadanos, consiguió aglutinar en una sola fuerza las diferentes sensibilidades de la derecha, desde la más involucionista hasta la más liberal y avanzada. Entre otros logros, el PP evitó la aparición de partidos de extrema derecha con algún peso electoral, lo que hubiese supuesto un problema en los inicios de nuestra democracia. Hoy en día, el PP sigue siendo una pieza fundamental para España: es la fuerza con más escaños en el Congreso de los Diputados y tiene mayoría absoluta en el Senado. Cualquier reforma importante de nuestra Constitución requerirá de su aprobación. Por eso, urge que la formación se enfrente con decisión a sus propios fantasmas, especialmente el de la corrupción, e inicie una profunda renovación que limpie a fondo sus estructuras y cuadros y que le dote de nuevos argumentos y proyectos para representar con éxito la muy amplia capa social española que se siente identificada con los valores políticos e históricos del centroderecha.

En este sentido, Rajoy debería pensar muy seriamente sobre si es la persona más adecuada para dirigir este proceso de renovación (casi refundación) que requiere su partido. Todo indica que el todavía presidente en funciones ya ha dado en política todo lo que podía dar. Quizás haya llegado el momento de que dé un paso atrás.

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