EL candidato socialista a la Alcaldía de Sevilla, Juan Espadas, ha dicho en Madrid, y antes aquí, que no se plantea alianzas ni pactos para gobernar la capital andaluza. Su antecesor, Sánchez Monteseirín, ha sido alcalde durante doce años gracias a esos malqueridos pactos (cuatro con el PA y ocho con IU).

Argumentó Espadas que pactos y alianzas "no responden ni a la realidad social, ni a las prioridades económicas ni al modelo que ahora mismo necesita la ciudad". Claro que en su fuero interno ya tiene elaborado el argumentario opuesto, por si le hiciera falta inmediatamente después del 22-M: "el pacto con IU es necesario", "los ciudadanos han votado izquierda", "pactaremos un programa y no el reparto de sillones", "lo exigen la gobernabilidad y la estabilidad institucional", etcétera.

¿Alguien duda de que si el PP no consigue la mayoría absoluta que predicen los sondeos PSOE e IU se unirán para cerrar el paso a la derecha y convertir a Espadas en alcalde? Nadie lo puede dudar... porque ya ha pasado, concretamente en las elecciones de 2007. Y si la Alcaldía socialista dependiera de los hipotéticos votos del Partido Andalucista, también habría pacto PSOE-PA, es decir, la misma fórmula que le dio la vara de mando a Monteseirín en 1999. ¿Alguien duda, asimismo, de que en los ayuntamientos de Córdoba y Jaén ocurriría igual si la aritmética electoral ofreciera a socialistas y poscomunistas -precomunistas, en algunos casos- la oportunidad de arrebatar la Alcaldía, aunque fuera por un solo escaño, a una mayoría relativa del Partido Popular?

En esto de los pactos poselectorales planteados antes de los comicios hay una regla que no falla: todos mienten. Ningún partido admite que estaría dispuesto a gobernar con otro y todos saben que lo harán si lo necesitan. En la historia de la Andalucía democrática, desde 1979, hemos visto de todo, y más en los pueblos, donde los factores personales pesan más que los puramente políticos e ideológicos a la hora de pactar con unos u odiar eternamente a otros. Las circunstancias actuales hacen que un PP ascendente sea la formación que menos se plantee buscar aliados para imponer a sus alcaldes. Pero el PP pasado nunca ha hecho ascos a ninguna clase de alianzas. Ha practicado la tesis leninista sobre el enemigo principal. Para acosar al enemigo principal socialista, Javier Arenas firmó un pacto de hierro con Luis Carlos Rejón (IU) -y cuando digo que firmó me refiero a que está por escrito- durante la llamada pinza (1994-96).

Y hablando de la autonomía, no es nada descabellado pensar que Griñán esté ya rezando -laicamente, me refiero- para seguir de presidente tras las elecciones de 2012 en alianza con Valderas.

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