Tomás garcía rodríguez

Doctor en Biología

Paisaje urbano y Plaza de la Magdalena

El ayer y el hoy se pueden compaginar con imaginación y esfuerzo

Una ciudad con raigambre de milenios como Sevilla ha de preservar retazos y matices del pasado en sus rincones, plazas y calles. Son reminiscencias de un paisaje urbano que va adquiriendo su personalidad tras múltiples transformaciones que terminan por fraguar lo inmediato, al igual que un paisaje natural es modelado a lo largo de infinitos avatares. A semejanza del entorno silvestre, esas plazuelas y esas calles pueden ser bellas por su desorden armónico, desiguales pero serenas, mediante la integración de elementos dispares que pueden ensamblarse azarosamente y resultar un atractivo conjunto.

Uno de esos enclaves que ha adquirido carácter propio con la pátina indefinible de los tiempos es la Plaza de la Magdalena, al menos en su núcleo central, aunque ha sufrido derribos dolientes y contiene inanimados edificios. En el actual proceso de reorganización urbanística es necesario que la plaza conserve -al estar catalogada como Espacio Público Protegido- su configuración, sus árboles y setos, la fuente y el hermoso entramado del pavimento, constituido por cuadros enchinados y magníficas losas calcáreas de Tarifa encintadas; asimismo, deberían ser reutilizados los miles de adoquines graníticos de Gerena que velan sepultados bajo su asfalto vial. A pesar de que nuestro reciente manifiesto de preservación ha sido avalado por la municipalidad, se pretende transformar, una vez más, una romántica plaza-salón decimonónica en una plataforma única invadida por sombrías losas de granito extremeño. El evocador bosquecillo central de naranjos y magnolios en esplendor, que emergen de arriates circundados por setos de mirto y farolas fernandinas, pasará a ser un recluido oasis en la llanura inhóspita uniformada en la que quedará convertida la sugestiva plazoleta. Seguirá presidida por la majestuosa fuente de mar poligonal -procedente del antiguo Hospital de la Misericordia-coronada por una delicada figura de Calíope, musa griega de la elocuencia y la poesía épica, la cual habrá de elevar sus preces rimadas para invocar ante los dioses razón, sentimiento y arte.

Una ciudad ha de respetar su paisaje, su tradición cultural y su irisada belleza, pues la funcionalidad es amoldable y la bondad artística que desaparezca en aras de un supuesto beneficio dejará a su paso jirones de historia que nunca más regresarán. El ayer y el hoy se pueden compaginar con imaginación y esfuerzo, la esencia de una urbe eterna con la modernidad y hermosura útiles, pues nada es reductivo si se armoniza dentro de un todo cambiante pero enraizado y sustancial, acorde con el sentir de sus gentes.

"La plaza y los naranjos encendidos/ con sus frutas redondas y risueñas./ Tumulto de pequeños colegiales/ que, al salir en desorden de la escuela,/ llenan el aire de la plaza en sombra/ con la algazara de sus voces nuevas./ ¡Alegría infantil en los rincones/ de las ciudades muertas!/ ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía/ vemos vagar por estas calles viejas!" (Antonio Machado).

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