La esquina

josé / aguilar

El Papa sí que dimite

LA renuncia del Papa lleva a pensar inmediatamente en la no renuncia de otros. Al menos aquí, en España, donde nadie deja un sillón, el que sea, ni con agua caliente. Ni con el agua hirviente de la sospecha, la denuncia, la imputación de delito o el escándalo.

Donde no dimite ni Dios es un acto reflejo considerar ejemplarizante la dimisión del jefe espiritual supremo de una de las fórmulas más secundadas de la relación de Dios con los seres humanos. Otras sociedades más normalizadas pueden debatir si a Benedicto XVI le fallan las fuerzas, como ha explicado, o si lo que ha fallado ha sido su proyecto de puesta al día de la Iglesia católica. Entre nosotros se impone, en cambio, una reflexión principal: ¿por qué no se van otros que tienen más motivos que el pontífice? Seguramente porque les falta responsabilidad, generosidad, humildad y altura de miras y les sobra ambición, codicia de poder, soberbia y lealtad a los suyos.

En el país de origen de Benedicto XVI están familiarizados con el verbo dimitir todos los personajes públicos sin necesidad de haber metido la mano en la caja común o haber vulnerado la ley. Sólo en la actual legislatura tres ministros de Merkel han tenido que abandonar sus cargos por diversas modalidades de mentira (dos de ellos, por haber perdido sus doctorados tras haberse descubierto que plagiaron parte de sus tesis). Lo más llamativo es que a ninguno de ellos se le ocurrió resistirse cuando se conoció la noticia que acabó con su carrera política.

Curiosamente, en el Reino Unido el arzobispo de Canterbury había precedido al Papa de Roma en la renuncia: dimitió en marzo pasado, tras diez años de primado de la iglesia anglicana, harto del conflicto interno provocado por la ordenación de mujeres y el matrimonio homosexual (él estaba a favor de las dos cosas). Y allí mismo, volviendo al ámbito político, acaba de dimitir el ministro de Energía y Medio Ambiente, que endosó -hace diez años- a su mujer una sanción de tráfico para que fuera ella la que perdiera los puntos. Un asunto menor y antiguo, pero suficiente: allí se exige una conducta cívica sin tacha.

Comparen estas actitudes con la de Ana Mato, nuestra ministra de Sanidad, beneficiada objetivamente por los regalos de una red corrupta y autoblindada contra el presente de indicativo del verbo que comentamos. Ni siquiera dimite para no hacer más daño al partido al que tanto debe.

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